Mapa político que utiliza la proyección Equal Earth, centrado en los 90° oeste.

La ONU vuelve a poner en cuestión cómo representamos el mundo en los mapas

La Asamblea General de Naciones Unidas ha aprobado una resolución que vuelve a poner sobre la mesa uno de los debates clásicos de la cartografía: cómo representar sobre un mapa plano una superficie terrestre que, en realidad, es curva. La resolución, presentada por Togo en nombre del Grupo Africano, propone fomentar el uso de representaciones cartográficas que reflejen de una manera más adecuada las proporciones reales de las distintas regiones del mundo, con especial atención a África.

El texto fue aprobado el 4 de septiembre de 2026 con 164 votos a favor, uno en contra (el de Estados Unidos) y seis abstenciones. Entre sus propuestas se encuentra la promoción de proyecciones equivalentes, es decir, aquellas que mantienen la proporción entre las superficies representadas.

La iniciativa vuelve así a poner el foco sobre una cuestión que lleva siglos acompañando a la cartografía y que en las últimas décadas ha adquirido una especial relevancia: la imagen del mundo que transmiten los mapas no siempre coincide con el tamaño real de los territorios.

La cuestión resulta especialmente evidente cuando observamos un mapamundi elaborado mediante la conocida proyección de Mercator. En él, Groenlandia puede parecer comparable en tamaño a África, mientras que en la realidad el continente africano tiene una superficie aproximadamente catorce veces mayor que la isla. Canadá y Rusia también aparecen mucho más grandes de lo que serían en una representación que mantuviera las superficies, mientras que las regiones próximas al Ecuador quedan relativamente empequeñecidas.

La proyección de Mercator cumplió su objetivo

Esto no significa, sin embargo, que la proyección de Mercator sea un mapa incorrecto. Como ya explicamos en Geografía Infinita al hablar de la distorsión de los mapas y sus indicadores, el problema es mucho más complejo. Cuando intentamos representar la superficie de una esfera sobre un plano resulta inevitable introducir algún tipo de deformación. Podemos intentar mantener las superficies, las distancias, los ángulos o las formas, pero no es posible conservar todas estas propiedades simultáneamente.

La proyección de Mercator, desarrollada por Gerardus Mercator en el siglo XVI, fue concebida precisamente para resolver un problema concreto: la navegación. Su principal ventaja era que conservaba los ángulos y permitía representar como líneas rectas las rutas de rumbo constante, lo que facilitaba enormemente el trabajo de los navegantes. La deformación de las superficies hacia las latitudes altas era, por tanto, una consecuencia de las propiedades que se habían decidido conservar.

Mapamundi con proyección Mercator, centrado en Europa.
Mapamundi con proyección Mercator, centrado en Europa.

El problema aparece cuando una proyección diseñada para una finalidad determinada acaba convirtiéndose en la imagen que utilizamos para representar el mundo en general. La proyección de Mercator ha tenido una enorme influencia en nuestra manera de visualizar el planeta y, aunque actualmente disponemos de muchas otras alternativas, sigue estando presente en numerosos contextos, especialmente en mapas digitales y representaciones educativas.

En Geografía Infinita ya nos ocupamos de esta cuestión en este artículo, donde explicábamos que buena parte de las críticas dirigidas a esta proyección parten de una confusión entre las características de la propia proyección y el uso que hacemos de ella. Mercator no fue diseñada para comparar la superficie de África con la de Groenlandia, sino para facilitar la navegación. Si queremos realizar comparaciones de superficie, existen otras proyecciones mucho más adecuadas.

Una distorsión que afecta a África y a todos los territorios

El ejemplo de África y Groenlandia es probablemente el más conocido, pero la distorsión afecta a todos los territorios. Una de las razones por las que resulta difícil percibirla es que estamos acostumbrados desde pequeños a determinados mapas y hemos interiorizado sus proporciones.

Una herramienta como The True Size, que analizamos en este artículo de Geografía Infinita, permite comprobarlo de una manera bastante sencilla. Al desplazar los países sobre el mapa y situarlos en diferentes latitudes podemos comprobar cómo cambia su tamaño aparente, aunque su superficie real permanezca exactamente igual.

La explicación está en la propia geometría de la proyección. En Mercator, la escala aumenta progresivamente a medida que nos alejamos del Ecuador. Por eso un territorio situado cerca de los polos ocupa sobre el mapa una superficie mucho mayor que la que ocuparía si pudiéramos observarlo sobre un globo.

El fenómeno también afecta a las distancias. Como vimos en el artículo en el que analizamos por qué 1.000 kilómetros en el mapa no son siempre lo mismo, la distancia representada visualmente entre dos puntos depende de su posición sobre la superficie terrestre y de la proyección utilizada.

Características de la proyección Equal Earth

La resolución aprobada ahora por Naciones Unidas propone precisamente prestar mayor atención a este tipo de cuestiones cuando se representan las dimensiones relativas de las regiones del mundo. Entre las alternativas que pueden utilizarse se encuentra la proyección Equal Earth, diseñada para conservar las superficies relativas de los territorios. En un mapa basado en ella, África recupera una dimensión visual mucho más cercana a su tamaño real respecto a Europa, Norteamérica o Groenlandia.

Mapamundi con la proyección Equal Earth
Mapamundi con la proyección Equal Earth, centrada en el meridiano de Greenwich.

Pero utilizar Equal Earth no significa haber encontrado finalmente el mapa perfecto. La proyección también introduce deformaciones, porque el problema matemático continúa siendo el mismo. Al conservar las superficies tiene que renunciar a conservar otras propiedades. Las formas de los territorios no son exactamente iguales a las que vemos sobre un globo y las distancias tampoco se mantienen de manera uniforme.

Esto es algo que conviene tener presente cuando hablamos de las diferentes proyecciones cartográficas. Como explicamos cuando analizamos las propiedades y tipos de proyecciones cartográficas, podemos distinguir entre proyecciones conformes, que mantienen los ángulos; equivalentes, que conservan las superficies; y equidistantes, que mantienen determinadas distancias. Cada una responde a unas necesidades diferentes y ninguna puede resolver simultáneamente todos los problemas que plantea representar la Tierra sobre un plano.

La elección de la proyección depende del uso del mapa

Por eso, más que hablar de una proyección correcta y otra incorrecta, resulta más apropiado preguntarse para qué queremos utilizar un mapa. Una proyección puede ser muy adecuada para la navegación y poco recomendable para comparar la superficie de los continentes. Otra puede ser excelente para representar superficies y no resultar apropiada para medir distancias. La elección de la proyección forma parte, en definitiva, del propio proceso cartográfico.

La resolución de Naciones Unidas introduce además otro elemento interesante en este debate, porque no se limita a hablar de las propiedades matemáticas de las diferentes proyecciones. El texto relaciona la representación cartográfica con la percepción que tenemos de las distintas regiones del mundo y señala especialmente el caso de África.

La cuestión es relevante porque los mapas no solamente sirven para localizar lugares o medir distancias. También contribuyen a construir nuestra imagen mental del planeta.

Los mapas sirven para construir nuestra imagen del planeta

Esto conecta con otro de los temas que hemos tratado en Geografía Infinita: la subjetividad de los mapas. En este artículo, donde veíamos por qué todos los mapas son subjetivos, explicábamos que cualquier mapa implica una serie de decisiones. El cartógrafo tiene que seleccionar una proyección, establecer una escala, decidir qué elementos aparecen representados y determinar cómo se organiza el espacio sobre la superficie del mapa.

Incluso una cuestión que damos por sentada, como que el norte aparezca en la parte superior, responde a una convención y no a una característica física de la Tierra. El planeta no tiene un «arriba» y un «abajo» absolutos. Del mismo modo, tampoco existe una única manera de decidir qué parte del mundo debe ocupar el centro de un mapamundi. Por todo ello, cada país (y aquí podríamos añadir cada continente) ve el mapa del mundo a su manera. Tal y como analizamos en su momento en el blog, diferentes sociedades han representado el planeta desde perspectivas distintas. No será el mismo el mapamundi a ojos de China, de Estados Unidos o de Rusia, por poner algunos ejemplos.

Esto no significa que todos los mapas sean arbitrarios ni que cualquier representación tenga el mismo valor que otra. Las proyecciones responden a principios matemáticos y cada una tiene unas propiedades perfectamente conocidas. Lo que sí significa es que un mapa siempre es una representación de la realidad y no la realidad misma. Para construirlo tenemos que seleccionar qué características queremos mantener y cuáles estamos dispuestos a deformar.

Todo depende del objetivo del mapa

La resolución de Naciones Unidas no supone, por tanto, el abandono de la proyección de Mercator ni establece un nuevo mapamundi oficial. Su interés reside más bien en que vuelve a plantear la necesidad de elegir la proyección adecuada en función del objetivo del mapa. Cuando queremos comparar superficies, una proyección equivalente puede ofrecernos una representación mucho más útil que Mercator. Cuando queremos representar rutas de navegación, las prioridades pueden ser completamente diferentes.

La discusión sobre los mapas del mundo tampoco es nueva. Desde que los cartógrafos comenzaron a representar la superficie terrestre sobre planos han tenido que enfrentarse al mismo problema: cómo convertir una Tierra tridimensional y curva en una representación bidimensional. Las soluciones han cambiado a lo largo de los siglos, pero ninguna ha conseguido eliminar completamente las distorsiones.

Quizá por eso la principal consecuencia de esta resolución no sea que vayamos a dejar de utilizar Mercator ni que todos los mapas del mundo vayan a cambiar a partir de ahora. Su interés está en recordarnos algo que a veces olvidamos precisamente porque estamos demasiado acostumbrados a los mapas que nos rodean: cada vez que miramos un mapamundi estamos viendo una determinada interpretación de la Tierra.

África no es más pequeña porque aparezca más pequeña en un mapa de Mercator, del mismo modo que Groenlandia no es más grande porque aparezca sobredimensionada. Lo que cambia no es la geografía, sino la forma en que decidimos representarla. Y entender esa diferencia es, probablemente, una de las mejores maneras de empezar a leer los mapas con una mirada verdaderamente geográfica.

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