Portulano de Battista Agnese. S. XVI

Por qué Ceuta y Melilla son españolas: la geografía de una frontera única

Hay pocos lugares en el mundo donde la geografía y la política se entrelacen con tanta intensidad como en Ceuta y Melilla. Son ciudades españolas situadas en África. Forman parte de la Unión Europea, utilizan el euro, sus habitantes eligen representantes en las Cortes Generales y la frontera que las rodea es, al mismo tiempo, una frontera española, europea y africana.

Pese a ello, Marruecos considera que ambas ciudades son territorios ocupados y reclama su soberanía. La tensión reaparece periódicamente, ya sea a través de crisis diplomáticas, episodios migratorios, como el más reciente vivido en el verano de 2026, o declaraciones políticas. Pero ¿por qué dos ciudades situadas en el norte de África llevan más de cinco siglos formando parte de España?

La respuesta suele buscarse en la historia, pero las explicaciones también son geográficas. Porque Ceuta y Melilla no son una anomalía fruto del azar, sino la consecuencia de un espacio geográfico extraordinario: el estrecho de Gibraltar. Quien controla sus orillas controla uno de los corredores marítimos más importantes del planeta. Así ha sido desde la Antigüedad y así continúa siendo en pleno siglo XXI.

Comprender el origen de estas ciudades implica recorrer más de seiscientos años de historia, pero también entender cómo el relieve, el mar y las rutas comerciales han condicionado las decisiones de imperios, reinos y Estados modernos.

Enclaves estratégicos en el estrecho de Gibraltar

A menudo se habla de Ceuta y Melilla como un problema diplomático, cuando en realidad son el resultado de una de las posiciones geográficas más estratégicas del planeta.

El estrecho de Gibraltar apenas alcanza catorce kilómetros en su punto más angosto. Es la única conexión natural entre el océano Atlántico y el mar Mediterráneo. Por él transitan cada año decenas de miles de buques que enlazan Europa con Asia, Oriente Medio y África. Desde hace milenios constituye uno de los grandes puntos de paso del comercio mundial.

Estrecho de Gibraltar.

Esta condición ha convertido sus orillas en un espacio codiciado desde la Antigüedad. Fenicios, cartagineses, romanos, bizantinos, musulmanes, portugueses, castellanos y británicos han buscado controlar, en distintos momentos de la historia, alguno de los enclaves que dominan este paso marítimo.

No es casualidad que el Reino Unido conserve Gibraltar, que España mantenga Ceuta y que Marruecos considere estas ciudades una prioridad estratégica. La lógica geográfica sigue siendo la misma que hace quinientos años.

En realidad, la cuestión nunca ha sido únicamente quién posee una ciudad. Lo decisivo ha sido siempre quién controla las puertas del Mediterráneo.

Melilla llegó a Castilla cuando Marruecos todavía no existía

La incorporación de Ceuta y Melilla a la Corona española es muy anterior a la creación del actual Estado marroquí.

Melilla pasó a depender de la Corona de Castilla en 1497, apenas cinco años después de la conquista de Granada y en plena expansión mediterránea de los Reyes Católicos. La expedición, organizada por el duque de Medina Sidonia, encontró una ciudad prácticamente abandonada.

Lejos de arrebatar la plaza a un Estado consolidado, los castellanos ocuparon un enclave que llevaba años sumido en la decadencia. Las luchas entre los wattasíes de Fez y los zayyaníes de Tremecén habían debilitado el control efectivo sobre la ciudad hasta convertirla en un espacio casi deshabitado. La operación respondió más a la ocupación de un vacío de poder que a la conquista de un territorio administrado de manera estable.

Recintos fortificados de Melilla en 1849.

La motivación tampoco era exclusivamente militar. Castilla buscaba impedir que la costa norteafricana se convirtiera en una base desde la que corsarios y potencias rivales amenazaran las rutas comerciales y las costas andaluzas. Controlar algunos puertos africanos significaba ampliar la profundidad defensiva de la Península.

Aquel movimiento formaba parte de una estrategia mediterránea mucho más amplia que también llevó a la Corona a establecer posiciones en Orán, Bugía o Trípoli. Muchas de aquellas plazas terminarían perdiéndose con el tiempo. Melilla, sin embargo, permanecería bajo soberanía española hasta nuestros días.

Ceuta fue primero portuguesa

En el caso de la historia de la ciudad Ceuta, sus raíces se remontan a antiguo, desde tiempos bizantino. en 1415, el Reino de Portugal lanzó una expedición militar que conquistó la ciudad al sultanato de Fez. Aquella operación suele considerarse el inicio de la expansión ultramarina portuguesa.

Azulejos conmemorativos de la toma de Ceuta por el infante Don Enrique en la estación de Porto-São Bento, en Oporto.

Para Portugal, Ceuta constituía un magnífico observatorio sobre el estrecho de Gibraltar y un punto de partida para controlar las rutas comerciales que unían el Mediterráneo con el Atlántico y el África occidental. Así, durante casi dos siglos la ciudad permaneció bajo soberanía portuguesa, hasta 1580.

Ese año, Felipe II heredó la Corona portuguesa tras la crisis dinástica del reino luso y nació la llamada Unión Ibérica. Durante sesenta años, España y Portugal compartieron monarca. Con esa unión, Ceuta pasó a integrarse en la misma monarquía que por entonces gobernaba Castilla, Aragón, Nápoles, Flandes o los territorios americanos.

Ceuta en el Civitates Orbis Terrarum.

La separación llegó en 1640, cuando Portugal recuperó su independencia tras la Guerra de Restauración. Sin embargo, Ceuta tomó una decisión que marcaría su futuro: permanecer bajo soberanía de la Monarquía Hispánica.

No fue una imposición militar. Fueron los locales quienes optaron por mantener sus vínculos con España, en oposición al que por entonces era gobernador de la ciudad, el portugués Francisco de Almeida. La creciente presencia de población procedente de Andalucía, el aumento de las relaciones comerciales con la Península y la dependencia logística respecto a los puertos españoles habían transformado la ciudad durante las décadas anteriores.

Felipe IV recompensó esa fidelidad concediendo a Ceuta el título de «Fidelísima» y reconociendo a sus habitantes la condición de naturales de Castilla. Décadas después, el Tratado de Lisboa de 1668, que puso fin definitivamente al conflicto entre España y Portugal, reconoció internacionalmente la soberanía española sobre la ciudad. Desde entonces, Ceuta ha permanecido ininterrumpidamente integrada en España.

El asedio que reafirmó a Ceuta como una ciudad española

Los gobernantes del territorio que es el actual Marruecos nunca renunció a recuperar una ciudad que dominaba una de las orillas del estrecho de Gibraltar y que seguía siendo una pieza estratégica para cualquier potencia que aspirase a controlar el acceso al Mediterráneo.

En 1694, el sultán alauí Muley Ismaíl lanzó una ofensiva para conquistar Ceuta. Comenzaba un asedio que se prolongaría durante treinta y tres años, hasta 1727. Ninguna otra ciudad europea soportó un cerco tan largo. Superó incluso al célebre sitio de Candía, en Creta, que había durado veintiún años frente al Imperio otomano.

Ceuta no era una ciudad cualquiera. Era una fortaleza levantada sobre una estrecha península montañosa, protegida por el mar en casi todo su perímetro y unida al continente por un estrecho istmo fácilmente defendible. Las Murallas Reales, reforzadas durante siglos por portugueses y españoles, convertían ese reducido corredor en un auténtico cuello de botella.

Mientras los ejércitos marroquíes disponían de superioridad numérica, los defensores contaban con una ventaja decisiva: el mar. Siempre que la Armada española lograra mantener abiertas las comunicaciones con la Península, Ceuta podía recibir soldados, víveres, artillería y munición.

Ceuta en torno al año 1700 durante el asedio de los treinta y tres años (1694-1727).

Durante décadas se sucedieron ataques sobre las fortificaciones y pequeños avances que apenas alteraban la línea del frente. La ciudad vivía prácticamente bajo las armas de forma permanente. Cada metro de terreno se conquistaba y se perdía varias veces.

Uno de los episodios más dramáticos tuvo lugar en julio de 1695. Aprovechando una espesa niebla, un fenómeno frecuente en el estrecho durante el verano, las tropas marroquíes sorprendieron a la guarnición española durante un relevo de guardia. Consiguieron ocupar la Plaza de Armas y muchos defensores murieron intentando cruzar el puente levadizo o arrojándose al foso para escapar. Sin embargo, un contraataque posterior permitió recuperar la posición y estabilizar nuevamente la defensa.

La niebla, el viento y el relieve también combatían. Es un detalle que suele pasar desapercibido, pero resume perfectamente la historia de Ceuta. La meteorología del estrecho ha condicionado durante siglos la navegación, el comercio y las operaciones militares. En ocasiones protegía a los defensores; en otras favorecía a los atacantes. La geografía nunca ha sido un escenario pasivo en Ceuta.

A comienzos del siglo XVIII el destino de Ceuta parecía incierto. España atravesaba uno de los momentos más delicados de su historia. La Guerra de Sucesión había agotado al país y poco después la Guerra de la Cuádruple Alianza enfrentó a la monarquía borbónica contra una coalición formada por Francia, Gran Bretaña, las Provincias Unidas y el Sacro Imperio Romano Germánico. Mantener una plaza sitiada al otro lado del Estrecho suponía un enorme esfuerzo económico y militar.

El desenlace del asedio de Ceuta

Sin embargo, abandonar Ceuta nunca llegó a contemplarse seriamente. Tras la pérdida de buena parte de sus posesiones italianas, España necesitaba conservar los puntos que garantizaban el control del Mediterráneo occidental. Ceuta, junto con Gibraltar , que desde 1704 estaba en manos británicas, se convirtió en una de las piezas esenciales del nuevo equilibrio estratégico.

En 1720 llegó a la ciudad el marqués de Lede al frente de unos 16.000 soldados. Eran tropas experimentadas que acababan de combatir en los principales campos de batalla europeos. Su ofensiva obligó a los sitiadores a retirarse hacia Tetuán y durante unos meses pareció que el cerco había terminado. Entonces, una epidemia de peste se extendió por la ciudad y obligó a suspender la campaña. El ejército español abandonó la ofensiva y las tropas marroquíes regresaron inmediatamente para reanudar el asedio.

La situación solo cambió en 1727, cuando murió Muley Ismaíl. Sus hijos iniciaron una guerra por la sucesión que obligó a levantar el sitio para disputar el trono. Una expedición enviada desde Ceuta comprobó pocos días después que los campamentos enemigos habían sido abandonados. Después de treinta y tres años, el asedio había terminado. Ceuta no había vencido tanto por una gran batalla decisiva como por haber resistido más tiempo que sus adversarios.

Treinta y tres años que cambiaron la ciudad

Aquel larguísimo conflicto dejó una huella profunda. Durante el asedio, la población portuguesa fue disminuyendo progresivamente mientras aumentaba la llegada de soldados, comerciantes y familias procedentes de Andalucía. Las comunicaciones con la Península se hicieron cada vez más intensas y los vínculos con Portugal terminaron diluyéndose.

La ciudad salió del siglo XVIII siendo mucho más española de lo que había entrado. El asedio que pretendía reincorporar Ceuta al norte de África terminó reforzando precisamente aquello que buscaba destruir: su integración política, social y cultural con España.

Ceuta había demostrado que podía sobrevivir mientras conservara el dominio del mar. Ese principio estratégico sigue siendo válido tres siglos después. Porque el verdadero valor de la ciudad nunca ha residido en su tamaño, sino en el lugar que ocupa. En geografía, la posición suele importar mucho más que la superficie. Y pocos lugares ilustran mejor esa idea que esta pequeña península situada en la puerta del Mediterráneo.

¿Por qué Marruecos sigue reclamando Ceuta y Melilla?

Cinco siglos después de su incorporación a España, Ceuta y Melilla siguen siendo objeto de una disputa diplomática que parece no tener solución a corto plazo. Para Marruecos representan los últimos vestigios del colonialismo europeo en el norte de África; para España son dos ciudades tan españolas como lo pueden ser Cádiz, Málaga o Zaragoza.

Plano de Ceuta en el siglo XIX. Litografía Militar del Atlas (Madrid) . Gaceta Militar (Madrid) – biblioteca Digital Hispánica

Marruecos sostiene que resulta difícil justificar que dos ciudades situadas en el continente africano permanezcan bajo soberanía europea en pleno siglo XXI. Desde Rabat se apela a la continuidad geográfica y a la lógica de la descolonización: del mismo modo que desaparecieron los protectorados y las colonias europeas en África durante el siglo XX, Ceuta y Melilla deberían integrarse algún día en el Estado marroquí.

Sin embargo, la posición española parte de una premisa distinta: ni Ceuta ni Melilla son colonias. Cuando Marruecos obtuvo su independencia de Francia y España en 1956, ambas ciudades ya formaban parte del territorio español desde hacía siglos.

No estaban integradas en el Protectorado español que se estableció posteriormente, en 1912, sino que constituían territorio metropolitano con administración propia. De hecho, el Estado marroquí es posterior a la incorporación de estas ciudades a España. La dinastía alauí, que continúa reinando hoy en Marruecos, no llegó al poder hasta 1666, cuando Melilla llevaba casi ciento setenta años bajo soberanía castellana y Ceuta ya había decidido permanecer unida a la Monarquía Hispánica.

Por eso el debate no gira únicamente en torno a la proximidad geográfica. También intervienen la continuidad histórica, la administración efectiva del territorio y, sobre todo, la voluntad de sus habitantes.

Lo que dice el derecho internacional

En ocasiones se simplifica la discusión afirmando que Ceuta y Melilla son españolas porque llevan mucho tiempo siéndolo. En realidad, el derecho internacional utiliza conceptos mucho más precisos. Uno de ellos es la posesión efectiva y continuada. Un territorio cuya administración se ejerce de forma estable durante siglos, con instituciones propias, población permanente y reconocimiento internacional, consolida jurídicamente su soberanía. Es lo que los juristas denominan «prescripción adquisitiva».

Plano de la ciudad de Ceuta de 1943.

A ello se suma otro elemento decisivo: la autodeterminación. Los habitantes de Ceuta y Melilla poseen la nacionalidad española, participan en las elecciones generales, autonómicas y municipales y nunca han expresado de forma mayoritaria el deseo de abandonar España. En el derecho internacional contemporáneo, la voluntad de la población constituye un criterio esencial para cualquier proceso de descolonización o cambio de soberanía.

Eso explica por qué la comunidad internacional no considera ambas ciudades territorios pendientes de descolonización, como sí ocurrió con numerosos enclaves coloniales durante el siglo XX. Nada de ello impide que Marruecos mantenga sus reivindicaciones. Pero sí ayuda a comprender por qué, más allá de la retórica política, la cuestión permanece prácticamente congelada desde hace décadas.

Una frontera convertida en herramienta geopolítica

La disputa, sin embargo, no se libra únicamente en el terreno diplomático. Desde hace años Marruecos utiliza el control de los flujos migratorios como uno de los principales instrumentos de presión en su relación con España y con la Unión Europea.

La colaboración de las fuerzas de seguridad marroquíes resulta fundamental para controlar una de las fronteras exteriores de la UE. Cuando las relaciones bilaterales atraviesan momentos de tensión, esa cooperación puede relajarse, como ocurrió durante la crisis migratoria de Ceuta en mayo de 2021, cuando miles de personas cruzaron la frontera en apenas unas horas y como todo apunta ha vuelto a ocurrir en la crisis migratoria de 2026, en la que de nuevo miles de personas han vuelto a cruzar a España, en muchos de los casos a nado, en cuestión de horas.

La inmigración, la lucha contra el terrorismo, el narcotráfico o el control del Estrecho forman parte de una misma ecuación geopolítica. Ceuta y Melilla son mucho más que dos ciudades fronterizas. Constituyen uno de los puntos donde confluyen algunos de los principales desafíos estratégicos del Mediterráneo occidental.

A ello se suma un nuevo factor: la creciente proyección internacional de Marruecos. Durante las últimas décadas el país ha reforzado su economía, ha modernizado sus Fuerzas Armadas y ha estrechado sus relaciones con Estados Unidos, la Unión Europea y diversos países africanos. Esa mayor capacidad diplomática explica que la cuestión de Ceuta y Melilla siga formando parte de su agenda exterior, aunque rara vez ocupe el primer plano.

La geografía sigue escribiendo la historia

Existe una tentación frecuente cuando se habla de Ceuta y Melilla: pensar que todo depende de los tratados, de las decisiones de los gobiernos o de las coyunturas diplomáticas. Pero basta observar un mapa para comprender que el origen del problema es mucho más profundo.

Desde hace más de dos mil años, el estrecho de Gibraltar constituye uno de los grandes corredores del comercio mundial. Fenicios, romanos, bizantinos, musulmanes, portugueses, españoles y británicos han competido por controlar sus orillas porque quien domina este paso posee una ventaja estratégica excepcional entre el Atlántico y el Mediterráneo.

Los imperios han cambiado. Las fronteras también. Sin embargo, el estrecho continúa exactamente en el mismo lugar. Por eso Ceuta y Melilla siguen siendo relevantes cinco siglos después de su incorporación a España: pos su posición geográfica extraordinaria. La política puede cambiar. Los mapas también. Pero hay lugares cuya posición condiciona durante siglos las decisiones de los Estados. Ceuta y Melilla son uno de ellos.

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