Los inestables territorios surgidos de los conflictos congelados postsoviéticos

La caída de la Unión Soviética, ocurrida entre 1989 y 1992, dejó tras de sí la aparición de hasta catorce nuevos Estados además de la propia Rusia. Si bien ese colapso estuvo en líneas generales exento de derramamiento de sangre, una serie de choques y tensiones en los márgenes de ese espacio postsoviético continuaron abiertos. Son los denominados “conflictos congelados postsoviéticos”, caracterizados por guerras intermitentes que fueron resueltas sin acuerdo de paz y que, como su propio nombre sugiere, han llevado a mantener las posiciones de cada bando. 

Durante el proceso de desintegración soviético estallaron varias guerras de pequeña escala entre poblaciones en las que ciertos grupos exigían la soberanía de los Estados que se habían independizado recientemente de Moscú. Es el caso de los conflictos de las regiones de Nagorno-Karabaj (Armenia), Abjasia y Osetia del Sur (Georgia), Transnistria (Moldavia) o más recientemente las provincias del Donbás (Ucrania).

De hecho, las reaparaciones de la inestabilidad en estos conflictos han tenido lugar hasta hace bien poco. Sirva de ejemplo la guerra de 2008 entre Georgia y Rusia por los enclaves de Osetia del Sur y Abjasia o, más recientemente, el ataque de Azerbaiyán de 2023 en Nagorno-Karabaj. 

En el caso de Ucrania, el levantamiento del Maidán condujo a la anexión rusa de Crimea y posteriormente a la guerra en el Donbás, que de este modo, se ha sumado de alguna manera a las zonas de inestabilidad en la órbita de Rusia, aunque en este caso nos encontramos ante un conflicto que hoy en día no está en absoluto “congelado”.

Realidades políticas deliberadamente ambiguas

Estos conflictos suspendidos, surgidos tras la desintegración de la Unión Soviética, han dado lugar a una realidad política ambigua en la que los territorios funcionan como Estados de facto, sin reconocimiento internacional, ya que siguen formando parte legalmente, de iure, de otros países. Poseen gobiernos, fronteras, fuerzas de seguridad o sistemas administrativos propios, pero dependen en gran medida del respaldo político, económico y militar de Rusia. 

Esta dualidad entre legitimidad jurídica internacional y control efectivo sobre el territorio refleja una de las grandes contradicciones geopolíticas del orden postsoviético. Nos encontramos ante Estados reconocidos formalmente cuya soberanía está limitada en parte de su territorio y entidades no reconocidas que, pese a ello, ejercen funciones estatales cotidianas y condicionan el equilibrio regional. De este modo, estos conflictos vienen a funcionar como una herramienta geopolítica de “inestabilidad controlada” ya que debilitan económicamente y políticamente a los Estados afectados, dificultan sus reformas internas y reducen el interés occidental en integrarlos más estrechamente.

Las regiones separatistas de Georgia: Osetia del Sur y Abjasia

La desintegración de la URSS desencadenó un auge de los nacionalismos en el Cáucaso que afectó especialmente a las relaciones entre Georgia y las regiones de Abjasia y Osetia del Sur. Tras la independencia georgiana en 1991, ambos territorios rechazaron la autoridad del nuevo Estado y proclamaron su propia separación, lo que desembocó en conflictos armados durante los primeros años de la década. 

Las guerras concluyeron con la derrota de las fuerzas georgianas en ambas regiones y la creación de entidades de facto independientes, sostenidas política, económica y militarmente por Rusia. Aunque Georgia continúa considerándolas parte inseparable de su territorio y la inmensa mayoría de la comunidad internacional respalda esa posición, desde entonces Abjasia y Osetia del Sur han permanecido fuera del control efectivo de Tiflis. Ambos conflictos se agudizaron más si cabe en 2008, cuando Georgia y Rusia libraron una guerra de cinco días y Moscú reconoció unilateralmente a ambos territorios como Estados independientes. 

Osetia del Norte
Osetia del Norte. Foto: Alexx Malev, Flickr.

Osetia del Sur es un pequeño territorio montañoso situado en la vertiente meridional del Cáucaso, entre Georgia y la república rusa de Osetia del Norte. El territorio está dominado por montañas, valles estrechos y bosques, con altitudes que en muchos puntos superan los 2.000 metros. El estratégico túnel de Roki, que atraviesa el Cáucaso y conecta directamente con Rusia, constituye una de sus principales infraestructuras. A nivel económico, cuenta con cierta actividad ganadera y de explotación forestal. 

Osetia del Sur ha sufrido una notable despoblación y actualmente se calcula que la habitan unas 50.000 personas. Depende casi por completo de los suministros rusos y su élite política aboga abiertamente por la plena unión con Rusia, que Moscú no lleva a término. 

Mapa de Georgia con Osetia del Sur y Abjasia resaltadas.
Mapa de Georgia con Osetia del Sur y Abjasia resaltadas. Fuente.

Por su parte, Abjasia se encuentra situada en el extremo noroccidental de Georgia, entre la costa oriental del Mar Negro y las montañas del Cáucaso, que la separan de Rusia. Posee unos 220 kilómetros de costa y disfruta de un clima subtropical en buena parte de su litoral. Cuenta con una población superior a los 200.000 habitantes. 

Abjasia se ha aislado aún más del mundo exterior desde el conflicto de 2008 y se ha vuelto más dependiente de Rusia, que ha ido consolidando un control muy profundo sobre esta región en términos militares, económicos y administrativos. Mantiene bases militares permanentes, financia gran parte del presupuesto abjasio, controla buena parte de las infraestructuras estratégicas y la mayoría de la población posee ciudadanía rusa.

Muchos abjasios aún aspiran, aunque sea improbable, a la independencia tanto de Georgia como de Rusia, y desean mantener abiertas las conexiones con el resto del mundo. Sin embargo, el limitado reconocimiento internacional de Abjasia y las restricciones de movilidad han reforzado su aislamiento. Así, los pasaportes abjasios apenas son reconocidos internacionalmente y muchos residentes dependen de la documentación rusa para viajar.

El gobierno georgiano y la Unión Europea siguen teniendo intereses en el futuro de Abjasia. Bruselas ha mantenido una política que ha tratado de combinar el apoyo a la integridad territorial georgiana con programas de diálogo, cooperación civil y ayuda humanitaria dirigidos a evitar un aislamiento total del territorio y reducir su dependencia exclusiva de Rusia.

Nagorno-Karabakh: un conflicto congelado que parece finalizado

El caso de Nagorno-Karabakh o Alto Karabaj ha sido durante décadas uno de los conflictos más complejos y violentos del espacio postsoviético. Se trata de una región montañosa en la zona sur del macizo montañoso del Karabaj, en el Cáucaso. Se encuentra dentro de las fronteras internacionalmente reconocidas de Azerbaiyán, pero habitada mayoritariamente por población armenia durante siglos, que denominaban a la zona Artsakh. 

Con la desintegración del imperio Ruso de 1918, esta zona, que constituía un enclave dentro de Azerbaiyán, pasó a reclamar su pertenencia a Armenia. Posteriormente en la Unión Soviética pasaría a formar parte de un oblast autónomo dentro de la República Socialista de Azerbaiyán. 

Con la caída de la Unión Soviética, el conflicto fue un foco constante de rivalidad entre Armenia y Azerbaiyán. Las tensiones entre ambas comunidades desembocaron en una guerra abierta entre 1988 y 1994. Rusia siempre mostró un menor interés en este conflicto, al tener un componente geopolítico menor que otros, y por ello buscaba mantener buenas relaciones con los dos lados.

Localización de la región de Alto Karabaj. Fuente.

Los habitantes de la región eran mayoritariamente armenios étnicos, de religión cristiana, con una presencia histórica en la zona. Por su parte, los azeríes, mayoritariamente musulmanes, defendían sus lazos históricos con el territorio, que a lo largo de los siglos había pasado por manos persas, turcas y rusas.

Los armenios contaron durante décadas con su propio gobierno cercano a Armenia pero no reconocido oficialmente por ningún país. Así, entre 1991 y 2023, la llamada República Artsakh controló parte del antiguo oblast de Nagorno-Karabakh, incluyendo su capital Stepanakert. De este modo, funcionaba como un enclave dentro de Azerbaiyán regido por el gobierno de Artsakh, que era de facto independiente y mantenía lazos con Armenia. 

Nagorno-Karabakh.

En 2020 volvió a producirse un nuevo conflicto y en 2023 llegó la ofensiva final de Azerbaiyán. En tan solo 24 horas se hicieron con el control del territorio que quedaba en manos de la República Artsakh, lo que resultó en la expulsión efectiva de la población armenia del territorio. Este ataque provocó el desplazamiento de más de 100.000 armenios y denuncias por parte de la comunidad internacional de limpieza étnica. Supuso el fin del asentamiento en esta zona de la población de origen cristiano, que llevaba al menos más de un milenio allí. 

Transnistria: un conflicto congelado que camina hacia el entendimiento

Transnistria es una estrecha franja de territorio situada en el este de Moldavia, a lo largo del margen oriental del río Dniéster, junto a la frontera con Ucrania. Se extiende de norte a sur a lo largo de unos 200 kilómetros, formando un corredor entre ambos países. Su relieve está dominado por suaves llanuras fértiles que favorecen la agricultura mientras que su posición geográfica, entre Moldavia, Ucrania y el espacio de influencia ruso, ha otorgado al territorio una importante relevancia geopolítica.

Aunque internacionalmente se considera parte de Moldavia, desde 1992 funciona como un Estado de facto independiente, con gobierno, parlamento, ejército, moneda (rublo transnistrio) y símbolos propios. Su población es una mezcla de moldavos, rusos y ucranianos. 

Con la caída de la Unión Soviética y ante el temor de la población rusófona de que una Moldavia independiente se acercara a Rumanía o incluso se reunificara con ella, las élites locales proclamaron la separación de Transnistria en 1990. La tensión desembocó en una guerra abierta en 1992 entre las fuerzas moldavas y los separatistas transnistrios, apoyados por el Ejército ruso. El conflicto terminó con un alto el fuego firmado en julio de 1992, que congeló la situación sin resolverla. Moldavia perdió el control efectivo de la región, mientras que Rusia mantuvo tropas sobre el terreno.

En Transnistria no existe a día de hoy ningún factor étnico de conflicto y la situación es relativamente más tranquila, con una cierta cooperación política con Moldavia. Al compartir frontera con Ucrania y no tener acceso directo al territorio ruso, se ha reducido su margen de maniobra económica y ha incrementado su dependencia de las relaciones con Moldavia y de la Unión Europea.

Así, aunque sus dirigentes mantienen una retórica prorrusa y el territorio cuenta con un contingente de unos 1.500 militares rusos, gran parte de las exportaciones de Transnistria se dirigen actualmente al mercado europeo a través de Moldavia. Esta integración económica ha aumentado en los últimos años y constituye uno de los factores que favorecen la estabilidad.

El conflicto del Donbás: un conflicto activado 

El conflicto del Donbás puede entenderse como una evolución del modelo de conflicto congelado. Tras las protestas del Euromaidán y la caída del presidente prorruso Víktor Yanukóvich en 2014, estallaron levantamientos armados en las regiones ucranianas de Donetsk y Lugansk, apoyados política, militar y logísticamente por Moscú.

Al igual que en Abjasia o Transnistria, el conflicto derivó en la creación de entidades separatistas de facto (las autoproclamadas repúblicas populares de Donetsk y Lugansk) dependientes económica y militarmente de Rusia. Moscú utilizó una estrategia de distribución masiva de pasaportes rusos, presencia encubierta de fuerzas militares, control político indirecto y mantenimiento de una situación de inestabilidad permanente que dificultaba la integración euroatlántica de Ucrania.

Los acuerdos de Minsk de 2014 y 2015 congelaron parcialmente el frente, pero nunca resolvieron el conflicto. Durante años, el Donbás funcionó como un conflicto congelado de baja intensidad, comparable a los casos de Abjasia o Transnistria. Era un territorio formalmente perteneciente a un Estado reconocido internacionalmente, pero controlado en la práctica por estructuras separatistas sostenidas por Rusia.

Sin embargo, el Donbás acabó diferenciándose de esos precedentes porque Rusia decidió romper la lógica del “conflicto congelado” y pasar a una fase abierta de anexión territorial. En febrero de 2022, Moscú reconoció oficialmente la independencia de las repúblicas separatistas y pocos días después lanzó la invasión a gran escala de Ucrania. Posteriormente, Rusia proclamó la anexión de Donetsk y Lugansk junto con Jersón y Zaporiyia, aunque el control militar sobre estas regiones sigue siendo parcial y la anexión no es reconocida internacionalmente.

El precedente más importante de esta estrategia fue Crimea. En 2014, aprovechando el vacío de poder en Kiev, Rusia ocupó la península mediante fuerzas especiales sin identificación y organizó un referéndum considerado ilegal por Ucrania y la mayor parte de la comunidad internacional. Crimea fue anexionada formalmente por Rusia pocas semanas después.

Lo cierto es que todos estos conflictos forman parte de una misma lógica geopolítica rusa en el espacio postsoviético. Rusia utiliza territorios separatistas o disputados para mantener influencia regional, limitar la soberanía de los Estados vecinos y frenar su acercamiento a la OTAN y la Unión Europea. De este modo, los conflictos congelados se han perpetuado con el paso del tiempo y han anidado en los pueblos, de manera que han pasado a vivir en una situación de ambigüedad jurídica a lo largo de décadas. 

*Artículo actualizado en agosto de 2026 con el contenido publicado por el autor en el boletín nº 84 de la Sociedad Geográfica Española dedicado a las «Geografías Insólitas».

2 comentarios en “Los inestables territorios surgidos de los conflictos congelados postsoviéticos”

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