No hay duda de que la geografía ha condicionado siempre al ser humano y al medio que este habita. Pero hay algunos casos en los que esta situación es si cabe más clara. Es lo que ocurre con las divisorias de aguas, terrenos elevados que separan cuencas hidrográficas vecinas.
Quien asciende a la mayoría de los picos que marcan la frontera entre España y Francia en el Pirineo central puede comprobarlo de forma muy gráfica. Cuando llueve, las gotas que caen a uno y otro lado de la divisoria emprenden viajes completamente distintos. Las que se precipitan por la vertiente francesa terminan desembocando en el Atlántico; las que lo hacen por la vertiente española acaban, en su inmensa mayoría, en el Mediterráneo.
Solo existe una excepción que rompe esta lógica fronteriza: el valle de Arán, un territorio español situado en la vertiente atlántica del Pirineo. Sus aguas no siguen el camino del Ebro ni se dirigen al Mediterráneo, sino que, a través del río Garona, terminan alcanzando el océano Atlántico para desembocar en Burdeos.
El ejemplo pirenaico permite comprender un fenómeno geográfico de enorme importancia y, al mismo tiempo, sorprendentemente desconocido. Una divisoria de aguas es, en esencia, una línea que separa dos cuencas hidrográficas.
A un lado de esa línea, todas las aguas de lluvia, nieve o deshielo terminan incorporándose a un sistema fluvial. Al otro lado, las aguas siguen un camino completamente diferente. A menudo basta con desplazarse unos pocos metros para que cambie por completo el destino de una gota de agua.

En los terrenos montañosos, las divisorias suelen ser relativamente fáciles de identificar. Lo habitual es que coincidan con las líneas de cumbre, los cordales y las crestas que separan unos valles de otros. La propia topografía parece indicar hacia dónde se dirigirán las aguas. Los habitantes de las montañas han sido conscientes de ello desde hace siglos y han utilizado estas líneas naturales para orientarse, delimitar territorios y comprender el funcionamiento de su entorno.
Sin embargo, las divisorias no siempre se presentan de manera tan evidente. En las grandes llanuras y, especialmente, en las zonas pantanosas, la separación entre cuencas puede resultar extremadamente sutil. A veces consiste en una elevación de apenas unos metros, prácticamente imperceptible para quien la atraviesa. Pese a ello, su función geográfica sigue siendo exactamente la misma: decidir hacia qué río y, en última instancia, hacia qué mar se encaminarán las aguas.
Los tipos de divisorias: continentales, principales y secundarias
No todas las divisorias de aguas tienen la misma importancia. Desde el punto de vista hidrológico, pueden distinguirse tres grandes tipos: las divisorias continentales, las divisorias mayores y las divisorias menores.
La importancia de estas líneas invisibles aumenta cuando se trata de divisorias continentales. Son aquellas que separan sistemas fluviales cuyos ríos desembocan en océanos diferentes. En cierto sentido, constituyen la gran arquitectura hidrológica de los continentes, ya que organizan el drenaje de enormes superficies terrestres. Son las grandes líneas maestras del drenaje terrestre. La divisoria entre las cuencas del Congo y el Nilo en África constituye uno de los ejemplos más conocidos. Todos los continentes, con la excepción de la Antártida, poseen una o varias divisorias de este tipo.
En Europa existe una compleja red de divisorias continentales. Separan las aguas que vierten al Atlántico de las que lo hacen al Mediterráneo, el mar Negro, el mar del Norte o incluso el océano Ártico. Nos encontramos pues con una serie de fronteras hidrológicas que condicionan paisajes enteros.

Un segundo nivel corresponde a las divisorias principales. En ellas, las aguas de uno y otro lado nunca llegan a encontrarse, pero terminan desembocando en el mismo océano. La separación entre las cuencas de los ríos Amarillo y Yangtsé en China es un buen ejemplo. Aunque ambos sistemas fluviales vierten sus aguas en el Pacífico, sus cuencas permanecen completamente independientes.
Por último, existen las divisorias secundarias. En estos casos, las aguas se separan inicialmente en distintas direcciones, pero vuelven a reunirse más adelante en la confluencia de dos ríos. Es lo que sucede en algunas divisorias internas de la cuenca del Mississippi y del Missouri. Dos gotas de lluvia pueden iniciar recorridos distintos y, sin embargo, acabar encontrándose cientos de kilómetros más abajo.
Existen incluso situaciones aún más sorprendentes. Algunas montañas constituyen divisorias triples, puntos en los que confluyen tres cuencas hidrográficas diferentes. En ellas, las precipitaciones pueden dirigirse hacia tres mares distintos dependiendo del lugar exacto donde caigan.
Otros casos complejos de divisorias de aguas
Otras veces aparecen las llamadas divisorias del fondo de valle, mucho más difíciles de identificar, originadas por procesos de sedimentación que alteran el drenaje original de un territorio. Así, la parte llana (o relativamente llana) de un valle entre sus lados se denomina fondo del valle. El fondo del valle suele estar formado por sedimentos fluviales y puede contar con terrazas fluviales.
Las divisorias del fondo del valle se producen cuando un valle por el que originalmente circulaba un río de forma continua queda parcialmente colmatado por depósitos de sedimentos, derrubios u otros materiales. Como consecuencia, el fondo del valle se convierte en una nueva divisoria y las aguas pasan a dirigirse hacia cuencas diferentes.

El fenómeno, que puede parecer paradójico, se observa en varios lugares de los Alpes. En algunos casos, una suave elevación situada en el fondo de un valle separa aguas que acabarán desembocando en mares completamente distintos. La divisoria del Toblacher Feld, en el Tirol del Sur italiano, es especialmente llamativa: hacia un lado las aguas se dirigen al Adriático y hacia el otro terminan alcanzando el mar Negro.
Aquí se encuentra la fuente del río Drava (que fluye hacia el Mar Negro) y nace el río Rienza (cuenca del Adriático). Esta divisoria separa geográficamente los Alpes de los Tauri de las Dolomitas.
En ocasiones pueden estar formadas por desniveles muy modestos, de apenas unos metros e incluso de unos pocos centímetros. En algunas llanuras del norte de Alemania existen divisorias tan poco marcadas que apenas sobresalen del terreno circundante. Y en grandes áreas pantanosas y lacustres, como el delta del Okavango o la región de los lagos de Finlandia, resulta extremadamente difícil establecer con precisión dónde termina una cuenca y comienza otra.
Existen ríos bifurcados cuyos cauces distribuyen sus aguas hacia diferentes sistemas fluviales. El caso más espectacular es el del Orinoco, en el norte de Sudamérica. Parte de sus aguas se desvían a través del brazo o canal del Casiquiare y terminan incorporándose al sistema amazónico.

Es decir, un mismo río contribuye al drenaje de dos cuencas de escala continental. Se produce un fenómeno hidrológico similar al de la captura fluvial, consistente en la conexión del sistema del río Orinoco con el del río Negro.
Tal conexión lo convierte en el mayor río conector de dos grandes sistemas como lo son la cuenca del río Orinoco, la tercera mayor de Sudamérica, y la del Amazonas, la mayor del mundo.

Las divisorias triples y el caso de la divisoria entre tres océanos
Algunas divisorias alcanzan un grado de complejidad aún mayor. Son las llamadas divisorias triples, puntos en los que confluyen tres cuencas hidrográficas diferentes. Uno de los ejemplos más espectaculares es el pico conocido como Triple Divide Peak, situado en las montañas Rocosas, en Estados Unidos. Allí la precipitación puede acabar desembocando en el océano Pacífico, el Atlántico o el Ártico. Todo ello si la bahía de Hudson se considera parte del océano Ártico, como hace la Organización Hidrográfica Internacional.
El otro punto en el que se cumplirían estas características es el Snow Dome, desde donde las aguas pueden dirigirse hacia la bahía de Hudson (Atlántico), el océano Ártico y el Pacífico. En ese caso, Snow Dome sería el único punto en el que se cumpliría esta característica de divisoria entre tres oceanos.
El caso de la Península Ibérica
En lo que tiene que ver con los ríos de la península ibérica también ofrece algún ejemplo especialmente interesantes. Además del Pirineo, pocas zonas resultan tan ilustrativas como la situada entre las provincias de Cuenca y Teruel, en el entorno de los Montes Universales y las parameras de la Cordillera Ibérica. Allí se encuentra uno de los principales divortium aquarum de España, la gran divisoria entre las vertientes atlántica y mediterránea.
En un espacio relativamente reducido nacen algunos de los principales ríos peninsulares. El Tajo, el río más largo de la península ibérica; el Júcar, que desemboca en el Mediterráneo valenciano; el Turia, que atraviesa la ciudad de Valencia; y el Cabriel, uno de los principales afluentes del Júcar, tienen sus cabeceras a escasa distancia unas de otras. También muy cerca surge el Jiloca, perteneciente a la cuenca del Ebro.

Pocas imágenes resultan tan sugerentes desde el punto de vista geográfico. Una tormenta que descargue sobre estas sierras enviará parte de sus aguas hacia Lisboa y el Atlántico, mientras que otras recorrerán el Levante peninsular hasta alcanzar el Mediterráneo. La distancia entre ambos destinos es de cientos de kilómetros, pero el camino que seguirá cada gota se tomará en apenas unos metros de terreno.
El papel de las divisorias de aguas en la historia
La influencia de las divisorias de aguas va mucho más allá del ámbito físico. Desde hace siglos han desempeñado un papel fundamental en la organización humana del territorio. Al tratarse de accidentes geográficos relativamente fáciles de identificar, las líneas de cumbre y las crestas montañosas se han utilizado con frecuencia como fronteras naturales.
De este modo, numerosas divisorias han servido durante siglos para delimitar reinos, provincias y estados. En muchos lugares del mundo, las fronteras administrativas y las fronteras hidrográficas terminan coincidiendo, demostrando hasta qué punto la disposición del relieve ha condicionado también la geografía política y las fronteras.

Las divisorias de aguas también han tenido una gran importancia para las comunicaciones y el comercio. Durante siglos, los ríos constituyeron las principales vías de transporte y articulación económica. Las divisorias representaban auténticas barreras para la navegación, ya que suponían el punto donde terminaba un sistema fluvial y comenzaba otro. En la época preindustrial era habitual transportar embarcaciones y mercancías por tierra durante algunos kilómetros para salvar estos obstáculos y acceder a una nueva cuenca.
Más adelante, la ingeniería intentó superar estas limitaciones mediante la construcción de canales. Algunos de ellos adquirieron una enorme importancia estratégica precisamente porque permitían conectar sistemas hidrográficos separados por una divisoria de aguas. El Canal de los Dos Mares, en Francia, es un magnífico ejemplo: gracias a él era posible enlazar las cuencas atlántica y mediterránea sin necesidad de circunnavegar la península ibérica.
Durante siglos, antes de la aparición del ferrocarril, los ríos constituyeron las principales vías de transporte y articulación económica, de modo que las cuencas fluviales funcionaban como auténticos espacios de relación humana. Cruzar una divisoria significaba abandonar un sistema de valles y adentrarse en otro diferente, con nuevas rutas comerciales, nuevos centros urbanos y, en ocasiones, incluso nuevas formas de organización política.
Por todo ello, las divisorias de aguas son mucho más que un concepto de la hidrología. Son estructuras geográficas apenas perceptibles sobre el terreno, pero capaces de ejercer una enorme influencia sobre los paisajes y las sociedades humanas. Determinan el recorrido de los ríos, organizan las cuencas hidrográficas, condicionan las comunicaciones y ayudan a explicar la configuración histórica de muchos territorios.
En realidad, pocas estructuras geográficas ilustran tan bien la relación entre naturaleza y sociedad como las divisorias de aguas. Son líneas invisibles que organizan el drenaje de los continentes, condicionan la disposición de los paisajes, influyen en el trazado de las fronteras y han llegado incluso a determinar las rutas del comercio y las comunicaciones. Todo ello a partir de un hecho aparentemente insignificante: decidir hacia dónde comenzará a desplazarse una simple gota de lluvia.

Me ha llamado la atención un aspecto que suele pasar desapercibido cuando se habla de las fronteras hidrológicas del Pirineo.
Si el criterio es la divisoria de aguas, el Pirineo encuentra en su sector occidental una continuidad muy clara: a partir de Quinto Real, la línea natural que separa la cuenca del Ebro de las cuencas atlánticas continúa hacia el oeste siguiendo la divisoria de aguas. Sin embargo, con frecuencia se representa el Pirineo girando artificialmente hacia el norte para hacerlo coincidir con la frontera franco-española.
Desde un punto de vista hidrológico, ese giro resulta discutible. La divisoria natural prosigue hacia el oeste, dejando al norte de esa línea los valles del norte de Navarra y el noreste de Gipuzkoa, que pertenecen a las cuencas atlánticas. Es un buen ejemplo de cómo una frontera política acaba condicionando la percepción de un límite geográfico que, en realidad, responde a una lógica física distinta.
Hola:
A mí también me fascinan los mapas, la geografía y este tipo de curiosidades. Y, como se da el caso de que vivo relativamente cerca de una de las divisorias más importantes de Europa (Rin/Danubio), quería comentar un fenómeno muy interesante que se da aquí y que seguramente entusiasmará a los apasionados de estos temas, ya que no es muy conocido para la gente de fuera.
La menor distancia en línea recta entre estos dos importantes ríos es de apenas 15-20 kilómetros. Una gota que caiga hacia el Rin irá al Mar del Norte, mientras una que caiga hacia el Danubio debería acabar en el Mar Negro. Sin embargo, y aquí viene lo curioso, muchísimas de las gotas del Danubio se filtran a través del subsuelo calcáreo, cruzando la divisoria bajo tierra y pasando así a unirse finalmente al Rin. Esto ocurre en el llamado sumidero del Danubio, en la región de Tuttlingen, donde el lecho del Danubio llega a secarse complemente durante bastantes días al año debido a la filtración de sus aguas, las cuales recorren más de 10 kilómetros por conductos subterráneos hasta aflorar de nuevo ya en la cuenca del Rin.
Así pues, ¡una divisoria no siempre es una divisoria!
Hola Pablo, no conocía el caso del sumidero del Danubio, es muy interesante y pertinente.
Muchas gracias por la aportación.
Un saludo
Gonzalo
En relación con este tema podría uno preguntarse dónde comienza un río, rigurosamente hablando. Siguiendo con el caso del Danubio, su fuente se sitúa tradicionalmente en la población de Donaueschingen, pero lo que encontramos ahí en realidad es el punto donde confluyen los dos ríos que dan origen al Danubio: el Brigach y el Breg, que es como se llaman éstos aguas arriba, cada uno de ellos por separado.
Del mismo modo, dado que el joven Danubio llega a desaparecer por completo debido a su sumidero, como explicaba en mi anterior comentario, cabría preguntarse si el flujo de agua que se reanuda aguas abajo debería seguir llamándose Danubio o si es ahí donde realmente comienza el «verdadero» Danubio.
Cuestiones parecidas me surgen al pensar por qué un río es considerado afluente de otro, y no a la inversa, en casos donde ambos son de entidad parecida y no resulta evidente cuál desemboca en cuál. Un ejemplo de esto en España es el del Miño-Sil. Reza el dicho popular que «el Sil lleva el agua y el Miño la fama». Y, de hecho, la distancia desde la fuente del Sil hasta la desembocadura del Miño es mayor que desde la fuente del Miño hasta su propia desembocadura, lo que significa que aquél sería más largo que éste de ser considerado principal en vez de afluente.
Bueno, esto quizá mezcla un poco filosofía con geografía, pero me parece interesante. A lo mejor sirve para inspirar nuevas entradas del blog.