La cruzada albigense: una lucha de poder en el sur de Francia

Los accidentes geográficos juegan un papel importante en la conformación de las fronteras y el comportamiento de los países vecinos. Así lo hemos visto muchas veces en estas páginas. Sin embargo, y pese a lo evidente que puede parecer un caso como el de España y Francia con los Pirineos, lo cierto es que no siempre es así.

La Corona de Aragón, antes de fijarse en los territorios de Valencia y las islas Baleares, se esforzaba en aumentar su influencia en el sur de Francia, lo que solemos llamar Occitania. La desaparición de los estados peninsulares, ya fuera de los reinos de Navarra o Aragón, primero, o de España, después, de la vertiente norte de los Pirineos fue paulatina y terminó (o no) en el siglo XVII.

La influencia del rey de Aragón en el sur de Francia terminó en la batalla de Muret, en el siglo XIII, dentro de la guerra albigense. Esta serie de acontecimientos históricos es interesante por tres razones: dio origen a la Inquisición, significó el dominio del rey de Francia de lo que actualmente es el sur del país y acabó con la influencia aragonesa en la zona.

Los cátaros: una amenaza para la Iglesia

Los cátaros fueron los seguidores del catarismo, una doctrina maniqueísta que creía en una dualidad del bien frente al mal, representada por Dios y Satán respectivamente. Pensaban que el mundo material era consecuencia, en su totalidad, de la acción pecadora del diablo, y solo podrían alcanzar el paraíso a través del ascetismo y la renuncia a los placeres de la vida terrenal. Esto convertía a la Iglesia católica, sumamente terrenal, en algo diabólico. Jesús no era Dios ni su hijo, porque Dios no podría tomar un cuerpo material, era solo una visión de la deidad que mostraba el camino. Las almas se reencarnaban hasta conseguir alcanzar la visión del Señor, y a estos iluminados se les llamaba perfectos.

La cruz cátara sigue siendo un símbolo en la región de Occitania, aunque la bandera oficial no la incluye al completo, es de uso general (flickr)

También se les llamó albigenses por la ciudad de Albi, donde el culto proliferó.

El catarismo consiguió un amplio número de seguidores en el sur de Francia desde los siglo XI-XII, y esto era una tremenda amenaza para la Iglesia católica, que no podía permitir que esta nueva fe ganara adeptos, ya que significaría una gran pérdida de poder y control sobre la población.

El rey de Francia interfiere

Los condados y ducados del sur eran vasallos del rey de Francia, pero, en la práctica, la lejanía a la corte les daba a los soberanos una amplia autonomía e independencia de facto.

Así, el monarca vio en esta ya declarada por el Papa herejía una excelente oportunidad de dominar los independientes condados sureños, que se habían declarado vasallos, muchos, del rey de Aragón. La corona francesa no podía permitirse perder la influencia en la zona.

Así pues, tanto el rey de Francia como el Papa tenían profundos intereses en la aniquilación de los cátaros, que ya contaban con apoyo de muchos señores feudales de la zona.

El papel de la Corona de Aragón

La monarquía aragonesa llevaba décadas creando lazos dinásticos y de vasallaje con muchos territorios de la Occitania.

Cuando se declaró la cruzada, se involucró directamente en ella para defender sus intereses en la zona y a sus vasallos.

La situación política de la región occitana en vísperas de la batalla de Muret (Wikipedia)

El conflicto

El casus belli fue el asesinato de Pedro de Castelnou, un embajador de la Santa Sede. El Papa emitió un discurso en que culpaba del asesinato a Raimundo VI, conde de Tolosa. En la práctica, esta declaración era una llamada a las armas al rey Felipe II Augusto de Francia y a todos los señores católicos del reino.

La primera fase del conflicto se desarrolló entre 1209 y 1214. Por un lado, Simón de Monfort capitaneaba a los señores del norte y Raimundo VI las tropas occitanas. El rey de Aragón también participó y murió en la batalla de Muret en 1213. Esta batalla marca el fin de la primera parte de la guerra.

Coronación de Felipe II Augusto de Francia, rey que inició la cruzada albigense (Wikipedia)

En la segunda fase de la guerra se formó una resistencia occitana liderada por Ramón VII de Tolosa, hijo de Ramón VI. El conflicto acabó con el matrimonio entre la hija de este y el hermano del rey, por lo que el territorio occitano quedó definitivamente bajo control de la corona francesa.

La tercera etapa de la guerra dio inicio debido a los abusos de la Inquisición, que provocó revueltas urbanas y un último intento de Ramón VII de Tolosa por conseguir la independencia del rey. Acabó con la toma de las principales plazas fuertes por la corona en 1244.

La consecuencias de la guerra

La guerra tuvo consecuencias que se dejarían notar en el continente durante siglos.

En el plano religioso, la Iglesia católica consolidó su poder e influencia en la sociedad general y entre las élites gracias a las armas. Además, fundó la Inquisición que, a diferencia de la Inquisición española fundada dos siglos y medio más tarde, no dependía de la corona, sino directamente del Papa. Fue una forma de institucionalizar los castigos físicos por herejía, práctica común desde inicios del cristianismo.

La última Inquisición de Europa fue la de Roma, que fue convertida en 1965 en la Congregación para la Doctrina de la fe, sucesora que sigue existiendo en la actualidad.

Expansión mediterránea de la Corona de Aragón, impulsada por el resultado de la guerra albigense

En cuanto a la política, significó la desaparición del condado de Tolosa. El rey de Aragón perdió a todos sus vasallos del sur de Francia (salvo Montpellier hasta mediados del siglo XIV). Como consecuencia de esta pérdida y de la incapacidad de avanzar hacia el sur más allá de Valencia, la Corona de Aragón se involucró en conquistas por el Mediterráneo.

Es importante señalar que, a partir de aquí, las lenguas occitanas, que tenían gran prestigio en toda la Europa latina como lenguas de cultura dada su fecunda literatura, comenzaron su declive en favor de la lengua del rey: el francés.

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