Puente internacional entre España y Portugal sobre el río Miño.

España y Portugal: la complicada relación de los vecinos ibéricos

Cuando era chico, me encantaban las banderas. Quién iba a decirme en aquel entonces que, con el paso de los años, acabarían siendo algo que, inconscientemente, me causa bastante rechazo. Supongo que sus colores y su graciosa forma de ondear al viento son un reclamo fácil para la atención de un chiquillo.

Un día, mientras bajaba por la cuesta de las Calesas, en Cádiz, mi ciudad natal, pasamos junto a un aparcamiento (un tanto peculiar, ya que está medio suspendido en el lateral de esta cuesta) donde lucían algunas banderitas. Reconocí la de España, Andalucía, Francia, Italia… pero la última no la identifiqué. Le pregunté a mi padre por esa bandera, tan peculiar, puesto que no tenía franjas, como las demás (eso interpreté en aquel entonces).

La respuesta de mi padre, y no exagero, me marcó de por vida: «Es la bandera de Portugal, son nuestros vecinos y hermanos». ¡Vecinos y hermanos! Eso significaba que España y Portugal eran como yo y mis hermanos. En la mente de un chiquillo, ya sabéis, todo puede llegar a ser idílico. Mi amor por Portugal ha continuado desde ese día hasta hoy.

La bandera de Portugal. Según la tradición, el rojo simboliza la sangre de los que defendieron su nación, el verde, la esperanza. En el escudo, cinco pequeños escudos azules rememoran las cinco yagas de Cristo, mientras que los siete castillos son las siete grandes ciudades tomadas a los moros. Lo que rodea al escudo es una esfera armilar, símbolo de las exploraciones y conquistas lusas en todo el planeta

Pero la relación entre España y Portugal dista mucho de lo que un niño puede imaginar. La cruda realidad de la política ha marcado una historia que, desgraciadamente, ha estado más caracterizada por la desconfianza que por la hermandad.

Desde el nacimiento de Portugal hasta la unificación de las coronas

Alfonso VI de León ofreció el señorío de los ducados de Portucale y Coimbra al infante Enrique de Borgoña, quien estaba casado con doña Teresa, una hija bastarda del rey. Cuando este murió (1112), Teresa se hizo cargo del territorio por la minoría de edad de su hijo, Alfonso Enríquez.

Sin embargo, cuando don Alfonso creció, su madre rechazó renunciar al cargo. El ejército de Alfonso, hijo de Enrique (Afonso Henriques en portugués), venció al de su madre y, así, el heredero del borgoñón ascendió al poder del condado portucalense.

Al poco tiempo, don Alfonso comenzó a titularse infante, y no conde. No acudió a la coronación de Alfonso VII como imperator totius Hispaniae (emperador de todas las Españas) en León y, pocos años después, acabó proclamándose rey (1139). En 1179, el Papa acabó reconociendo el título de rey, un título que, por otra parte, no hacía más que reconocer lo que, de facto, era un hecho consumado desde hacía tiempo.

El condado portucalense que heredó Afonso Henriques (Wikipedia)

Durante la Edad Media, el reino de Portugal pasó de la guerra a la paz con sus vecinos leoneses o castellanos con frecuencia. Una situación nada anómala en la Edad Media peninsular, en que los tratados de paz se firmaban y se rompían con relativo libertinaje. Hay, sin embargo, un momento que tiene especial relevancia para la futura diplomacia.

El 14 de agosto de 1385 tuvo lugar la batalla de Aljubarrota. Muy resumidamente: una alianza entre Inglaterra y Portugal venció a un ejército muy superior de castellanos. La batalla, entre otras muchas consecuencias, dio inicio a una de las alianzas más sólidas y estables de Europa: Portugal e Inglaterra/Reino Unido.

Desde esa fecha, Portugal buscó la ayuda de su poderoso aliado para conseguir lo que el país luso siempre ha valorado más que cualquier otra cosa: su independencia.

La Unión Ibérica con Felipe II

La independencia de Portugal se vio truncada con la llegada al trono portugués de Felipe II. Esta época, que duró desde 1580 hasta 1640, se concibe, desde el país luso, como una época de esclavitud, de subyugación, de sumisión a España. Esta es la propaganda que el nacionalismo portugués, sobre todo desde el siglo XIX, hace de ella. El nacionalismo, por supuesto, es igual de dañino en Portugal, en España y en cualquier otro lugar del mundo.

Según António Henrique Rodrigo de Oliveira Marques, autor del librito (muy recomendable) Brevíssima História de Portugal, este período no fue, en absoluto, malo para Portugal. Evidentemente su rey no era portugués, pero todos los cargos del país fueron ocupados por portugueses y la administración del país continuó en manos de las grandes familias lusas.

Continuar hablando de este período abriría un debate sin fin lleno de pasiones y muy poco raciocinio, como suelen ser todos los que abordan las identidades. Mejor quedémonos con que, en el imaginario colectivo portugués, es una época negra.

Los imperios de España y Portugal

Mapa anacrónico con todos los territorios que han estado bajo dominio del gobierno del gobierno de España en algún momento, incluidos los territorios portugueses (Wikipedia)

España y Portugal fueron las grandes potencias de los descubrimientos de los siglos XV y XVI, con América y el Pacífico como los grandes territorios por explorar. Portugal consiguió convertirse en una potencia volcada al mar mientras que España también fue extendiendo su influencia de manera notable al otro lado del Atlántico.

Ya a finales del siglo XV tras el descubrimiento europeo de América, se firmó el Tratado de Tordesillas (1494). De un lado, Isabel y Fernando, reyes de Castilla y de Aragón; de otro Juan II de Portugal.

Este tratado estableció un reparto de las zonas de navegación y conquista del océano Atlántico y del «Nuevo Mundo» (América) mediante una línea situada a 370 leguas al oeste de las islas de Cabo Verde para evitar un conflicto de intereses entre la Monarquía Hispánica y el Reino de Portugal.

Planisferio de Cantino, en el que se refleja la línea de reparto establecida por el Tratado de Tordesillas.

En la práctica, este acuerdo garantizaba al reino portugués que los españoles no interfirieran en su ruta del cabo de Buena Esperanza, y viceversa, los primeros no lo harían en las recientemente descubiertas Antillas.

Asimismo, en esta época tuvo también lugar la primera circunnavegación del mundo, una empresa española que en parte transcurrió (en el camino de la vuelta) por aguas portuguesas sin el conocimiento de la Corona lusa. En la expedición, con el sustento de la corona de Castilla, participaron Fernando de Magallanes, que fallecería durante la misma, y Juan Sebastián Elcano, que la completaría hasta su término.

El siglo XVIII

Durante el siglo XVIII, entre los ilustrados españoles surgió la idea de una relación amistosa con Portugal. Esta idea intelectual contrastaba con la realidad, donde las malas relaciones seguían siendo la normalidad, como, por ejemplo, en la guerra Fantástica.

Es una guerra entre España y Portugal que se enmarca dentro de los conflictos de la guerra de los Siete Años. España, aliada con Francia, intenta invadir Portugal, aliada de Inglaterra. El intento acabó siendo un estrepitoso fracaso. Se conoce así porque, a pesar de declararse la guerra, no hubo ninguna batalla a campo abierto, se basó en guerrillas.

El siglo XIX

El siglo XIX dio inicio con un nuevo conflicto entre ambos países, encuadrado dentro de las guerras napoleónicas: la guerra de las Naranjas. España invadió algunas localidades portuguesas, que al poco tiempo devolvió, excepto Olivenza y Villarreal, ya que existía un antiguo litigio por su control. La intención de Francia era, en realidad, usar a España como peón para obligar a Portugal a cerrar sus puertos a su eterno aliado inglés, el gran enemigo del imperio francés.

Este siglo es testigo de las unificaciones alemana e italiana, y un temor recorre a las clases dirigentes de los estados europeos pequeños: parecen destinados a integrarse en estructuras estatales mayores.

La península ibérica vista desde el espacio en enero de 2003.

Una parte de la sociedad portuguesa le puso nombre a este peligro: iberismo. Así, ante la posibilidad de una unión estatal peninsular, el nacionalismo portugués reaccionó creando la festividad nacional, precisamente sobre el acontecimiento que mejor se enfrentaba al iberismo: la independencia, en el siglo XVII, de la corona española. El día 1 de diciembre señala el inicio de la guerra de emancipación, y se celebró por primera vez en 1861 para ser oficialmente fiesta nacional siete años más tarde.

La Sociedade Histórica da Independéncia de Portugal ha sido la organización que ha velado por la separación política y cultural del país hasta hoy. Ellos son, en parte, los promotores de la mala fama de la palabra iberismo en el país vecino.

Mientras para casi todos los españoles la palabra iberismo tiene una connotación de amistad hacia Portugal, un gran sector de la población lusa asocia esta palabra a poco menos que a la traición. Un gran exponente de nuestros días del iberismo en Portugal fue el grandísimo escritor José Saramago, denostado por una gran parte del país por sus opiniones sociopolíticas.

Las dictaduras

Cuando el dictador Salazar se alzó con el poder en Portugal, su política exterior continuó siendo la misma que se había llevado a cabo durante siglos: Inglaterra (Reino Unido). Salazar, de hecho, ayudó a Franco en la guerra civil solo por el miedo que el gobernante portugués le tenía a una república democrática.

Pese al pensamiento general que existe en España de que Franco y Salazar eran estrechos socios, los hechos apuntan a que el portugués, realmente, no tenía mucho en cuenta al fascista español. Resumiendo mucho, se podría decir que el apoyo portugués al bando golpista tenía una condición implícita: que, tras la victoria, España dejara a Portugal en paz.

António de Oliveira Salazar, dictador portugués

Una prueba de ello podría ser la visita de Franco a Portugal en 1949, la primera del dictador en el plano internacional. Aunque el autodenominado caudillo estuvo allí cinco días, Salazar apenas estuvo presente en los fastos que se dieron. Se ha apuntado, muy inteligentemente, que lo que el gobierno español interpretó como una fraternización, los portugueses lo hacían con intención de despedida.

Desde Afonso Henriques hasta el final de los regímenes dictatoriales en ambos países, la política exterior portuguesa se había fundamentado en un punto principal: alejarse de España (o León, o Castilla) apoyada en el Reino Unido o Inglaterra. Sin embargo, desde los años 80 del pasado siglo hasta ahora, poco a poco, la situación ha dado un gran vuelco.

Desde la entrada en la Unión Europea hasta la actualidad

Desde el año 1986, cuando los dos países entraron en la Unión Eurpea, hasta, aproximadamente, el año 2000, las relaciones fueron, poco a poco, mejorando. El fantasma de la invasión desapareció en un escenario en el que parecía más que improbable tal acontecimiento.

La desembocadura del río Miño.
La desembocadura del río Miño.

En esos años, la opinión portuguesa sobre España fue, paulatinamente, cambiando. Los dos países habían mejorado su calidad de vida y aumentado su economía gracias a los fondos europeos, pero la distancia entre ambos en muchos aspectos fue creciendo. Mientras España crecía de una forma bastante notable, el crecimiento portugués fue más moderado.

En el año 2000, España había alcanzado el 90% de convergencia con las cifras europeas, mientras que Portugal llegó al 80%. En 2003, España llegó al 100% y Portugal comenzó un lento retroceso que continúa hasta la actualidad. Entre la opinión pública, España pasó de ser ese país del brutalismo, de la guerra civil y la ingobernabilidad, a ser un ejemplo a seguir.

España había destinado la mayor parte de los fondos europeos a infraestructuras, así que Portugal decidió imitar el modelo. En las cumbres hispano-portuguesas (o, en portugués, cimeiras luso-espanholas) se fueron acordando conexiones entre varias ciudades de los dos países. Incluso se planeó un AVE Madrid-Lisboa, totalmente olvidado actualmente. La opinión pública portuguesa sostiene que el plan fracasó, precisamente, porque la derecha del país luso volvió a sacar, con su vertiente más nacionalista, el fantasma de la conquista (esta vez, industrial) española.

Edificio del parlamento de Portugal (Wikimedia)

En 2005, cuando José Sócrates llegó al cargo de Primer Ministro en Portugal, comentó que sus tres prioridades en política exterior eran “España, España y España”. Hasta tal punto la actitud de la clase política portuguesa ha cambiado en un tiempo tan corto.

Pero, más allá de la política, también hay un enorme cambio de actitud en las sociedades española y portuguesa. Los intercambios de turistas han crecido enormemente, y España es ya el tercer país del que más turistas recibe su vecino. Los portugueses también han aumentado sus visitas a España. Hoy, es raro encontrar un español que no haya estado en Portugal y que hable positivamente del país (más allá de los eternos comentarios burlones sobre las tapas y la calidad del jamón).

Percepciones de un amante de Portugal

Llevo siendo un enamorado de Portugal desde la infancia, hablando bien de Portugal desde antes de haber pisado, siquiera, suelo luso. Yo también noto un gran cambio de actitud en las reacciones que provocan mis comentarios, quizá, excesivamente buenos e idílicos sobre Portugal.

Hace años, no dejaba de ser, cuando menos, peculiar, encontrar a alguien que contara tantas maravillas sobre ese país del que nunca se escuchaba nada, que solo existía como una zona blanca en el mapa del pronóstico del tiempo. Ahora, lo más común es haber estado en Portugal y ser un enamorado de Lisboa y del bacalao y mis comentarios positivos siempre encuentran apoyo y sustento.

Pese al creciente interés de España y los españoles por Portugal, es evidente la diferencia en el conocimiento que tenemos los unos por los otros. Ellos nos conocen mucho mejor que nosotros a ellos, aunque solo sea de forma superficial.

Si le preguntas a un portugués por comunidades autónomas españolas, sabrá decirte algunas, si le preguntas a un español por regiones portuguesas, lo más seguro es que solo conozca el Algarve o no sepa ninguna (o, tal vez, añadirá Madeira o Azores). Los españoles no suelen conocer el nombre del presidente de la República o del Primer Ministro, mientras que los lusos conocen bien el del jefe del estado y del gobierno españoles. Por no hablar del idioma. Yo, hablante de portugués, me desespero porque no puedo practicar cuando estoy allí. En cuanto me notan el acento, me hablan en español (o portuñol, al menos). El español medio no sabe ni una palabra de portugués, ni siquiera obrigado/a.

Personalmente, espero que esta convergencia política, social y cultural entre los dos países no deje de aumentar.

9 comentarios en “España y Portugal: la complicada relación de los vecinos ibéricos”

  1. España y Portugal hemos pasado por dictaduras, considerandonos enemigos por el lado portugues (aprovechado por los ingleses y su comercio) y ignorados por el lado español durante mucho tiempo, a estar unidos POR FÍN cada vez más por la UE. Es absurdo los nacionalismos el día de hoy, cuando ambos países estan llenos de inmigrantes (portugal está lleno de brasileños y jubiletas ingleses) y las banderas son un invento que en España por lo menos solo se usan por el pueblo (más alla de elecciones) de forma generalizada en eurocopas y mundiales y se acabó.

    Añadir que la parte donde dices que los españoles no sabemos português es mentira, yo solo de ir un par de veces y de solo escuchar he aprendido a decir lo básico: olá, bon dia, obrigado, adeus, um dois três, quanto custa isso, etc. Puede que los españoles que vivan más lejos al oeste no lo hagan, pero es que no cuesta nada.

    Es más aún, me lamento que en mi época de instituto no se pudiera elegir portugués como segundo idioma y solo francés, porque aumentaría mis capacidades para relaccionarme en este país. Un saludo

  2. Demasiado resumido… y pro-luso.
    ¿Por qué no empezar por la provincia romana de Lusitania, que no es, como muchos piensan, Portugal?
    Imagino que referirse a la historia romana de Hispania (que incluye a Portugal) es fascista, como el dictador español: ¿es necesario enseñar la patita rojilla en un artículo supuestamente dedicado a glosar la historia común de los dos países?
    En fin, que no eres el único enamorado de Portugal (también lo somos otros, pero sin odiar España, que nos enamora más).

  3. Muchísimas gracias Bernardo Ríos me ha encantado este artículo . Aquí una Portuguesa afincada en España desde 1986.un gran abrazo

  4. Sin acritud, los dos primeros párrafos después de la introducción están escritos de una manera extremadamente confusa si no conoces ya la historia. Lo menciono simplemente por darte feedback, ya que me ha costado descifrarlo y es una pena pensar que mucha gente simplemente dejará de leer el artículo.

    «Alfonso VI de León ofreció el señorío de los ducados de Portucale y Coimbra al infante Enrique de Borgoña, quien estaba casado con doña Teresa, una hija bastarda del rey. Cuando murió el conde (1112), Teresa se hizo cargo del territorio por la minoría de edad de su hijo.»

    Si primero se habla del «infante» Enrique de Borgoña no se puede hablar luego de «el conde» y esperar que el lector sepa que son la misma persona. A no ser, claro está, que asumamos que el lector ya va a saber que de Borgoña era conde además de infante, cosa que en un blog divulgativo no parece probable. No estaría de más poner «del hijo de ambos» en vez de «su hijo», para mayor claridad.

    «Sin embargo, cuando el infante don Alfonso creció, su madre rechazó renunciar al cargo. El ejército de Alfonso Enríquez (Afonso Henriques en portugués) venció al de su madre y, así, el heredero de Enrique de Borgoña ascendió al poder del condado portucalense.»

    Aquí se introduce de repente a don Alfonso, sin dejar claro que era el hijo del que se habla en el último párrafo. Se puede deducir de lo que sigue, claro, pero despista y entorpece la lectura, especialmente teniendo en cuenta que ya ha aparecido un personaje llamado Alfonso y un personaje que era un infante, lo que puede llevar a un poco de lío. Además en la siguiente frase «don Alfonso» se convierte en «Alfonso Enríquez», que para quien lo escribe es obviamente la misma persona pero que para alguien que no sabe nada de nuevo despista y entorpece la lectura.

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