Un helicóptero Bell 412 fumigando el fuego entre Pontevedra y Marín.

La geografía del fuego en España: ¿por qué hay zonas con más incendios?

Los incendios forestales vuelven cada verano a ocupar un lugar destacado en la actualidad. Las imágenes de montes calcinados, columnas de humo, carreteras cortadas y poblaciones desalojadas se repiten con una frecuencia que ha convertido al fuego en uno de los grandes problemas ambientales de nuestro territorio.

Sin embargo, desde una perspectiva geográfica conviene ir más allá del incendio concreto y preguntarse por su distribución espacial. Porque España no arde por igual. Hay territorios donde los incendios son recurrentes, otros donde adquieren mayores dimensiones y algunos en los que apenas tienen incidencia. Tampoco existe una única causa que permita explicar esta distribución.

Temperatura, precipitaciones, viento, vegetación, relieve y usos del suelo se combinan con factores humanos como el poblamiento, las actividades agrarias o la propia gestión forestal. Es precisamente la relación entre todos ellos la que permite entender mejor la geografía de los incendios forestales en España.

El desigual mapa de los incendios forestales en España

El mapa histórico de los incendios muestra importantes contrastes territoriales. El Noroeste peninsular constituye tradicionalmente uno de los principales espacios de concentración, con una especial incidencia en Galicia que se prolonga hacia otros territorios de la fachada atlántica y sectores de Castilla y León.

Por otro lado, existe una segunda área de notable importancia asociada al litoral mediterráneo y las montañas próximas a la costa, especialmente en Cataluña y la Comunidad Valenciana, además de diferentes sectores de Andalucía. A ellas se añaden zonas interiores de Castilla y León y Extremadura donde determinados incendios han llegado a alcanzar dimensiones considerables. Puedes consultar el mapa histórico de incendios forestales más actualizado en esta web de fundación Civio.

Frecuenciade de incendios por municipios 2006-2015.
Frecuencia de incendios forestales por municipios 2006-2015.

Esta distribución resulta interesante porque obliga a matizar una asociación bastante extendida entre incendios y altas temperaturas. Si el calor fuese el único factor determinante, cabría esperar que las mayores frecuencias se concentrasen siempre en los territorios más cálidos y secos del país. Sin embargo, Galicia, con unas condiciones climáticas comparativamente húmedas, ha registrado históricamente una elevada frecuencia de incendios.

Asimismo, conviene diferenciar entre el número de fuegos y la superficie afectada. La mayoría son controlados cuando todavía presentan una extensión reducida, mientras que un número relativamente pequeño consigue superar las 500 hectáreas y adquiere la consideración de gran incendio forestal. Estos últimos son los que pueden transformar miles de hectáreas y afectar a comarcas enteras.

La cuestión geográfica pasa entonces por conocer qué características presenta un territorio para que un fuego que comienza siendo pequeño encuentre las condiciones necesarias para propagarse hasta alcanzar semejantes dimensiones.

El paisaje rural también ha cambiado

Todo incendio forestal necesita combustible y este lo proporciona fundamentalmente la vegetación. No obstante, no solo importa su abundancia, sino también cómo se distribuye.

Durante siglos, una parte considerable del medio rural español estuvo sometida a un aprovechamiento mucho más intenso que el actual. La recogida de leña, la agricultura, el carboneo, el aprovechamiento forestal o la ganadería mantenían en uso espacios que actualmente identificamos como monte.

El resultado era un paisaje caracterizado en muchos casos por una estructura en mosaico, donde se alternaban tierras cultivadas, pastos, pequeños bosques, caminos, huertos, matorrales y núcleos de población.

Incendios forestales
Incendios forestales de 2025 en España en vista satélite.

Este modelo comenzó a cambiar especialmente desde mediados del siglo XX. La industrialización y el crecimiento urbano favorecieron importantes movimientos de población hacia las ciudades, mientras que la mecanización agraria permitió concentrar la producción en aquellas tierras más rentables. Numerosas parcelas marginales fueron abandonadas y algunos aprovechamientos tradicionales perdieron progresivamente su función económica.

El paisaje respondió, como no podía ser de otra manera, a este cambio en la relación entre población y territorio. En muchos espacios, antiguos campos de cultivo y pastizales fueron ocupados primero por vegetación herbácea, después por matorral y, según las condiciones ambientales, por formaciones forestales. De este modo, parcelas anteriormente separadas entre sí fueron quedando conectadas por la vegetación.

Desolador paisaje tras un incendio en Alcalá la Real, Jaén.
Desolador paisaje tras un incendio en Alcalá la Real, Jaén. Michelangelo-36 (Wikipedia)

Desde el punto de vista de los incendios, este proceso tiene una consecuencia importante: la continuidad del combustible. Un campo cultivado o un pastizal no constituyen necesariamente un cortafuegos, pero introducen cambios en la cantidad y disposición de la vegetación. Cuando desaparecen muchos de estos usos, el fuego puede encontrar una mayor continuidad para avanzar por el territorio.

En este sentido, conviene no establecer una relación automática entre despoblación y el fenómeno de la España vaciada e incendios forestales. No todos los territorios despoblados presentan una elevada incidencia del fuego, ni todas las áreas con incendios importantes están despobladas. La relación es bastante más compleja y se encuentra fundamentalmente en la transformación de los usos del suelo que puede acompañar al abandono de determinadas actividades rurales.

Clima, relieve y vegetación: el componente físico del fuego

La transformación del paisaje explica solo una parte del problema. La vegetación necesita presentar unas condiciones adecuadas para que el fuego pueda propagarse y es aquí donde adquieren especial importancia los factores climáticos.

La sequía prolongada reduce progresivamente la humedad de la vegetación, mientras que las altas temperaturas y una baja humedad relativa aumentan su disponibilidad para arder. A ello se suma el viento, capaz de acelerar considerablemente la propagación y transportar partículas incandescentes que pueden originar nuevos focos a cierta distancia del frente principal.

El comportamiento de estos vientos también tiene una clara dimensión territorial. Tramontanas, levantes, ponientes o situaciones de tipo föhn responden a configuraciones atmosféricas y topográficas concretas. De ahí que el calendario de incendios tampoco sea exactamente igual en toda España. Aunque el verano concentra buena parte del peligro en el mundo mediterráneo, determinadas áreas del Noroeste pueden registrar episodios importantes a finales del invierno y comienzos de la primavera.

El relieve introduce todavía más diferencias. Una pendiente pronunciada favorece generalmente la propagación ladera arriba, mientras que valles, barrancos y collados pueden canalizar o acelerar los vientos. Del mismo modo, la orientación de las laderas condiciona la insolación y la humedad de la vegetación.

Por ello, el perímetro final de un incendio no es una mancha aleatoria sobre el mapa. En su forma quedan reflejadas las características del terreno que ha atravesado: pendientes, orientación, vegetación, viento, caminos y cambios en los usos del suelo.

Cuando el monte y las viviendas comparten espacio

A la transformación del mundo rural se suma otro proceso territorial desarrollado especialmente durante las últimas décadas: la expansión de viviendas, urbanizaciones e infraestructuras hacia espacios próximos a terrenos forestales.

Surge así la denominada interfaz urbano-forestal, es decir, aquellas zonas en las que las edificaciones entran en contacto directo con el monte.

La importancia de estos espacios se hace evidente durante un incendio. Cuando las llamas se aproximan a una urbanización, la prioridad ya no consiste únicamente en controlar el frente. Es necesario proteger viviendas e infraestructuras, organizar evacuaciones y mantener abiertas las vías de comunicación. Parte de los medios disponibles debe dedicarse entonces a la protección de personas y bienes.

Incendio en el cementerio de Piedralaves, Ávila (España), durante los incendios forestales de Burgohondo y Sierra Oeste de 2026.
Incendio en el cementerio de Piedralaves, Ávila (España), durante los incendios forestales de Burgohondo y Sierra Oeste de 2026. Acohenc. Wikipedia.

Curiosamente, nos encontramos ante dos procesos territoriales que avanzan en sentidos diferentes. Mientras determinadas áreas rurales pierden población y actividades que anteriormente contribuían a mantener el paisaje, otras zonas reciben viviendas y población en contacto cada vez más estrecho con la vegetación forestal.

El abandono rural y la urbanización dispersa son fenómenos distintos, pero ambos han contribuido a modificar profundamente la relación entre población, poblamiento y monte.

Gestionar el paisaje para prevenir incendios

Si la estructura del paisaje influye en la propagación del fuego, la prevención no puede limitarse exclusivamente a disponer de medios para actuar cuando aparece el incendio.

La gestión del combustible constituye, por tanto, una parte fundamental de la prevención. Desbroces, podas, tratamientos selvícolas, áreas cortafuegos, aprovechamiento de biomasa, quemas controladas o pastoreo permiten modificar la cantidad y continuidad de la vegetación en determinados espacios.

Especialmente interesante resulta el papel que pueden desempeñar algunas actividades agrarias tradicionales. La ganadería extensiva, por ejemplo, contribuye al consumo de biomasa y puede ayudar a mantener una menor carga vegetal en áreas estratégicas. No se trata, evidentemente, de recuperar sin más el paisaje rural de hace medio siglo, sino de reconocer que determinadas actividades económicas pueden desempeñar también una función ambiental y territorial.

Incendio en Silleiro, Galicia
Incendio en Silleiro, Galicia. Contando Estrelas (Flickr)

Esta perspectiva permite relacionar dos cuestiones que con frecuencia se han abordado por separado: el desarrollo rural y la prevención de incendios.

España dispone actualmente de medios de detección y extinción muy superiores a los existentes hace unas décadas. Sistemas de información geográfica, satélites, modelos meteorológicos, brigadas especializadas y medios aéreos permiten controlar buena parte de los incendios cuando todavía presentan pequeñas dimensiones.

No obstante, bajo condiciones meteorológicas extremas y ante una gran continuidad del combustible, algunos fuegos pueden adquirir una intensidad que dificulta enormemente las labores de extinción. En estos casos, la cuestión ya no reside únicamente en los medios que se puedan situar frente a las llamas, sino también en las características del territorio que encuentra el incendio a su paso.

Una cuestión de territorio

Los incendios forestales son un buen ejemplo de la complejidad que caracteriza al espacio geográfico. En ellos confluyen factores físicos y humanos que difícilmente pueden analizarse por separado.

El clima condiciona la disponibilidad de la vegetación para arder. El relieve modifica el comportamiento del viento y de las llamas. Los usos del suelo determinan la cantidad y continuidad del combustible. La evolución demográfica transforma los aprovechamientos rurales y la expansión urbana acerca cada vez más viviendas e infraestructuras a espacios forestales.

A todo ello se suma un escenario climático que puede favorecer periodos secos más prolongados y situaciones meteorológicas especialmente adversas. Por tanto, el mapa de los incendios forestales en España es el resultado de la manera en que hemos ocupado, aprovechado y transformado el territorio durante décadas. Entender por qué España arde donde arde exige mirar más allá de las llamas y observar el paisaje sobre el que avanzan.

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