Alandalus fue la época de mayor conectividad ibérica con sus fuentes culturales y el comercio oriental, fundamental para la Península Ibérica hasta la conquista de América. Y en todo ese ejercicio de conexión, el Mediterráneo constituyó el cauce para el prolífico trasvase cultural ocurrido en esta época de la historia.
Sobre esas ideas se articula Alandalus: Oriente en Occidente (Editorial Shackleton, 2025), un libro que busca mover a la comprensión de la historia peninsular construida desde el Mediterráneo. Escrito por el islamólogo español y profesor de pensamiento árabe e islámico de la Universidad de Sevilla, Emilio González Ferrín (Ciudad Real, 1965), el libro nos explica cómo el Mediterráneo jugó un papel crucial ya que fue “el único cauce de aculturación ibérica hasta que se cruzase el Atlántico”.

Según este planteamiento Roma vino en barco, no a través de los Pirineos, como también lo hicieron el cristianismo, el judaísmo, el islam, los fenicios, los griegos, cartagineses…
En el libro se define al Mediterráneo como una caja de resonancia, de conectividad. “Hasta que lo hemos convertido en un foso inhumano en el que nuestra conciencia europea muere con cada persona despreciada, el Mediterráneo era un puente de humanidad”, valora directo González Ferrín en respuesta a Geografía Infinita.
El desconocimiento de Alandalus
Según confiesa González Ferrín, quiere ser “la persona que quitó el guion a la palabra Alandalus, para así normalizar el concepto a través de su inclusión como tal en la Academia de la Lengua”. Y se pregunta: “Si escribimos así almohada, almendra o alfajor, ¿por qué decidimos incluir ese guion en ‘Al-Ándalus’?”. Para responder a continuación: “Para así marcar una distancia, un extrañamiento, una rareza”.
El desconocimiento de Alandalus empieza en el propio nombre, pero se extiende a otros planos. Lo cierto es que solemos confundir a menudo lo árabe y lo musulmán, lo que, a juicio de González Ferrín, ocurre “por falta de formación real, exceso de información inútil y mucho desinterés”. Así, a su juicio, somos capaces de distinguir lo alemán y cristiano, pero no atendemos “a la clarísima distinción” que existe entre lo árabe –un idioma- y lo musulmán –referido a una religión-.
Luego está, lo que considera el “completo desprecio (de los españoles) hacia el resto del mundo”. En este sentido se pregunta que “si seguimos llamando ‘chinos’ a coreanos, japoneses o vietnamitas, es difícil tratar de centrar la atención y el respeto de los españoles hacia el resto del mundo”.

Abundando en esta idea, González Ferrín, se muestra también crítico con el hecho de que nos cueste “distinguir las muchas formas que hay de ser español, como para encima tener que exigir cierto rigor al describir cuanto hay más allá de nuestro ombligo mesetario”.
No es posible concebir el Renacimiento europeo sin conceptos heredados de la transmisión de conocimiento árabe. Así, estas raíces se perciben en conceptos tales como la solidaridad (Ibn Hazm), el antropocentrismo (Ibn Tufayl), el racionalismo (Averroes), la perspectiva (Alhacén), el judaísmo árabe que se convirtió en traductor, el cristianismo latino opuesto al integrismo carolingio…
Pero González Ferrín explica que “la sofisticación cultural andalusí ha sido reducida, en el imaginario español, a un par de botijos, babuchas y siesta en verano por todo legado andalusí”.
Según explica en su libro, tenemos que situarnos en torno al 850 para encontrar la eclosión de lo andalusí, si bien la convivencia ya estaba de antes y seguirá mucho después. «Se trata la natural coexistencia de lo diverso en todo el mundo romano y su herencia, el Islam», explica.

En el libro se presenta a un cura cordobés, Eulogio (m. 859), ejecutado por su propio obispo ante la imposición de éste de celebrar misas en árabe, en tanto el primero y sus afines se negaban. «Eulogio no sabía a santo de qué se debía esa novelería de la misa en árabe. Al parecer, nadie le había dicho que nos habían invadido un siglo y pico antes, como tampoco le habían contado que ese cristianismo en árabe –la lengua culta en lenta expansión desde el Mediterráneo- escondía la imposición de una nueva religión», explica.
Los mitos de la Reconquista
En este sentido, el libro describe el año 711 como un mito más que una realidad histórica “por falta de documentación al respecto”. En 711, explica González Ferrín, no existían aún ni el islam –con minúscula, religión- ni el Islam –con mayúscula, civilización-, y “menos aún documento alguno que lo muestre”.
“Somos capaces de distinguir el portal de Belén y el Concilio de Nicea en la historia del cristianismo, pero en materia musulmana –de nuevo, religión- o islámica –civilización- nos tragamos todo el mito emocional religioso como si fuese historia documentada. No hay historiografía árabe en la península ibérica hasta la mitad del siglo X, y la que hay en latín no menciona en absoluto ni islam, ni árabe ni nada por el estilo”.
Así, explica que la conquista del 711 se mantiene en el imaginario al servicio de la posterior Reconquista, “elemento desestabilizador mental que pretende hacernos pensar que lo natural en la península ibérica es ser católico y tener genes asturianos”.
A su juicio, “la imposición de un centralismo castellanista en España buscó algún tipo de legitimidad y se construyó el mito de que Castilla heredaba a León y ésta a Asturias, elemento germinal de lo español. En realidad, el reino de Castilla es más joven que el de Sevilla, por ejemplo, y sus ansias narrativas de legitimación nos provocan tortícolis de tanto mirar hacia Asturias, que, por cierto, es probablemente el único rincón de la península ibérica que, a las alturas del siglo VII, no estaba ni cristianizado ni latinizado plenamente: el cristianismo y el latín llegaron por el Mediterráneo. El mito asturianista, que se bombea desde una Jefatura del Estado medievalizante, nos convierte a los españoles en títeres de una ideología nacional-católica”.
En este sentido, González Ferrín valora que “la España actual se piensa poco menos que danesa o sueca. Somos el único país de Occidente cuya capital es una palabra árabe, Mayrit (Madrid), pero contemplamos ocho siglos de nuestra historia al modo en que las películas de John Ford describen a los nativos americanos. Debemos descolonizar nuestra historia mediante la normalización del componente andalusí”.
En cuanto a Covadonga y Roncesvalles tienen de mito “absolutamente todo” a su parecer. “Covadonga es una cueva druídica elevada al rango de tramoya legitimadora de una dinastía, y Roncesvalles es la canción popular que nos recuerda cómo el enemigo venía siempre del otro lado de los Pirineos”, explica. Sobre Covadonga, cree que “el pelayismo es el motor de la más rancia España exclusivista”, y sobre Roncesvalles, que “el rechazo a Carlomagno en su intento de cruzar el valle del Ebro construyó la primera entidad propia hispana”.
La humanidad en movimiento: subjetividad de la historia
Porque la historia “no es lo que pasó, sino cuanto escribimos que pudo pasar”, explica González Ferrín y en este punto “dado que entra en juego la mano humana al narrarla, es imposible alejarse de los propios fantasmas y sesgos subjetivos a la hora de redactar. El mito está siempre ahí, así como la elección de unos elementos para destacarlos por encima de otros».
Y pone un ejemplo: «en realidad los premios Nobel de literatura no nos presentan a los mejores escritores y escritoras del mundo; son un mero producto comercial. Pero oscurecemos el fondo literario verdaderamente valioso para dirigir toda la luz de la historia a unos nombres elegidos. Eso ocurre en todos los ámbitos».
La historia se tiende a explicar desde el conflicto porque “la historia militar es más vistosa que la cultural. Es como el cine: la serie de Fast and Furious requiere menos cabeza asimiladora que el cine de Herzog. Es más fácil hacer historietas de fechas y grandes hombres –siempre hombres, por cierto- que describir la complejidad del cambio progresivo, genuino motor de la historia”.
En cuanto a la convivencia, “se tiende a pensar que esta significa algo así como hakuna matata, pero la convivencia es un concepto neutro y tenso. Es el matrimonio, la aceptación de la alteridad en el trabajo, en el Congreso, del equipo de fútbol diferente…”.
Y concluye: “La historia del mundo es la de su humanidad en movimiento, pero se pretende que sea estática, esencialista, genéticamente pura, y movida por machotes armados”.

Muy interesante y necesario este análisis sobre Alandalus!
Quiero saber si puedo obtener el libro a través de Amazon, ya que vivo en Puerto Rico u me interesa mucho el tema.