La influencia del clima en el desarrollo de la civilización

Este artículo es un extracto del libro ‘El Tiempo: todo lo que gustaría saber sobre los fenómenos meteorológicos’, publicado por José Miguel Viñas en 2021 en la editorial Shackleton Books.

La historia de la humanidad no puede entenderse bien sin tener en cuenta las continuas variaciones a las que se ha visto sometido el clima: alternancia de sequías y períodos húmedos, de épocas frías y cálidas, y un largo etcétera de escenarios climáticos de distinto signo y magnitud. La variabilidad es algo intrínseco al propio clima, y la adaptación a los cambios climáticos que, de forma natural, siempre han sucedido y han ido marcando el devenir de nuestra civilización.

Si los seres humanos aparecimos en un momento dado sobre la faz de la Tierra fue porque comenzaron a darse unas condiciones climáticas adecuadas, cosa que no había ocurrido con anterioridad en el planeta. Desde hace unos 10 000 años, venimos disfrutando de un clima que podemos calificar de benigno y bastante uniforme, a pesar de las continuas fluctuaciones a las que se ve sometido, y que, como veremos en el presente apartado, han influido decisivamente en la historia de la humanidad.

La última glaciación en la Tierra

El inicio del actual período interglacial –el Holoceno– estuvo caracterizado por grandes oscilaciones climáticas, algo habitual en las transiciones entre glaciaciones y períodos interglaciales. Hace entre unos 18 000 y 15 000 años, la última glaciación que ha habido en la Tierra –la glaciación Würm o Wisconsin– comenzó a mostrar sus primeros síntomas de debilidad. Las temperaturas empezaron a subir, después de un período de alrededor de 100 000 años en que el frío fue notable, tanto en latitudes altas como templadas de ambos hemisferios.

Durante aquella glaciación, los mantos helados boreales avanzaron hacia el sur, cubriendo amplias zonas de Norteamérica y Europa, hoy libres de hielo. En el Viejo Continente convivían neandertales y cromañones. A nuestros antepasados no les quedó más remedio que adaptarse al frío y resistir en el interior de las cuevas, saliendo únicamente para cazar y recolectar algunos frutos cuando las condiciones meteorológicas lo permitían. Los neandertales, a pesar de ser más robustos que los cromañones, se adaptaron peor a los rigores glaciales, y poco a poco fueron desapareciendo.

La expansión del hombre de Cromañón en Europa coincidió con el final de la glaciación Würm. Los hielos se fueron retirando hacia el norte, de modo que las zonas verdes y boscosas ganaron terreno, y este fenómeno favoreció el desarrollo de la agricultura y la ganadería.

El clima benigno en Mesopotamia

La cuna de nuestra civilización occidental surgió hace unos 5000 años en Mesopotamia, y el clima fue decisivo, tanto en el florecimiento de las antiguas culturas, como en que algunos miles de años antes, una fase cálida, que situamos entre el año 13 000 y el 11 000 a.C., permitiera un movimiento migratorio desde Asia hacia América a través del estrecho de Bering, lo que desmontaría la extendida creencia de que los pobladores del norte de Europa fueron los primeros en llegar al continente americano.

Zigurat de Ur, en Mesopotamia.

Los datos paleoclimáticos; registros de lo más variopintos que arrojan pistas sobre el clima del pasado, parecen confirmar que entre los años 5000 y 3000 a.C., y después de una nueva vuelta al frío y a las grandes sequías, el clima volvió a templarse y a ser más húmedo, y se caracterizó por su benignidad, lo que habría permitido establecer asentamientos permanentes en las tierras fértiles situadas entre los ríos Tigris y Éufrates. Allí se fundaron las primeras ciudades, las del imperio de los hititas.

El factor climático en el Antiguo Egipto

Paralelamente, en las riberas del río Nilo surgieron los reinos del Alto y Bajo Egipto. Confluyeron allí diferentes pueblos nómadas, que se vieron forzados a abandonar la parte central del Sáhara y que, una vez asentados, fueron organizándose, lo que culminó con la unificación de los citados reinos.

Aquel gran movimiento migratorio fue debido a que el Sáhara empezó a convertirse en un inhóspito desierto, como consecuencia de unas prolongadas sequías que algunos climatólogos relacionan con episodios de El Niño. Con anterioridad a ese cambio climático, en el sur de Argelia y en las regiones centrales saharianas había zonas boscosas y abundaba el agua.

Las pirámides de la necrópolis de Giza

Ya Heródoto (484–h. 426 a.C.) dejó constancia en sus escritos de la degradación que estaba sufriendo el Sáhara Central. La historia del Antiguo Egipto no puede entenderse del todo bien sin tener en cuenta el factor climático.

El Imperio Romano y su expansión gracias al clima

El declive de la civilización egipcia coincidió en el tiempo con la expansión del Imperio romano, que pudo llevarse a cabo gracias, en buena parte, a las bondades del clima reinante. La ciudad de Roma se fundó en el año 753 a.C., pero no fue hasta el siglo i a.C., cuando el Imperio, que por aquel entonces dominaba toda la península Itálica, fue gobernado por emperadores, iniciándose su expansión.

A principios de la era cristiana, bajo el mandato del emperador Augusto, el clima que dominaba en el Mediterráneo era caluroso y más húmedo que el actual, lo que permitió un nivel de prosperidad en la región. Las abundantes cosechas que tenían lugar en zonas como la península Ibérica (la Hispania de los romanos y considerada «el granero de Roma») o el norte de África, permitieron la extraordinaria expansión del Imperio romano.

Aparte de veranos secos y calurosos, los inviernos eran, en general, más suaves que los actuales (aunque eso está empezando a cambiar), y no solo en la zona mediterránea, sino en buena parte de Europa. De hecho, el cultivo de la vid se había extendido por gran parte de Alemania e Inglaterra, hasta el punto de que este último país, hacia el año 300 de nuestra era, no necesitaba importar vino para cubrir sus necesidades.

Inviernos más severos con las invasiones bárbaras

El llamado Período Cálido Romano tocó techo hacia el año 400, fecha en la que el Imperio romano comenzó a desmoronarse. Los inviernos se fueron volviendo cada vez más rigurosos, especialmente en el norte de Europa, lo que forzó a los pueblos bárbaros a desplazarse hacia el sur, abriendo cada vez más brechas en las fronteras imperiales.

Aparte de esto, en el siglo vi se produjo la llamada Plaga de Justiniano, que tuvo su origen en Egipto, de ahí pasó al Imperio bizantino y luego al romano, reduciendo su población casi a la mitad. Entre esto, las malas cosechas y la presión de los bárbaros, el Imperio romano llegó a su fin, dando paso a la época más oscura de la historia reciente: la Edad Media.

Una Edad Media de dos temperaturas

Las bajas temperaturas con las que arrancó el medievo no se mantuvieron durante todo ese período histórico, sino únicamente hasta el año 1000; es decir, fue durante la Alta Edad Media cuando gran parte de Europa tiritaba de frío.

Se sucedían los inviernos largos y muy rigurosos, con frecuentes olas de frío, siendo el resto de las estaciones, a menudo, frescas y lluviosas. Mientras que en Escandinavia el clima se fue suavizando hacia finales del siglo VII, en Centroeuropa la transición del frío al calor se postergó hasta los tiempos de Carlomagno, es decir, desde mediados del siglo VIII hasta principios del IX.

El calentamiento del Pequeño Óptimo Medieval

Hacia el año 700, en latitudes altas del hemisferio norte se inició un período cálido bastante excepcional, que se prolongó aproximadamente hasta el año 1200, y que en climatología recibe el nombre de Pequeño Óptimo Medieval.

En la actualidad, hay un gran debate científico sobre si en dicho período el calentamiento fue de mayor o menor magnitud que el que nos está tocando vivir. Dado que el actual no ha tocado todavía techo, parece seguro (de acuerdo a las proyecciones climáticas) que lo superará.

La suavidad de los inviernos boreales en aquella época, permitió al explorador vikingo Erik el Rojo (950–1003) instalarse en Groenlandia a finales del siglo x, a donde huyó procedente de Noruega, ya que le habían acusado de asesinato.

Mapa de la región del norte (incluyendo Groenlandia e islas fantásticas) de Abraham Ortelius c. 1570.

Cuando él y quienes le acompañaban avistaron aquel nuevo territorio, lo bautizaron como Groenlandia, que literalmente significa «tierra verde». Usaron el nombre como reclamo, ya que no toda aquella inmensa isla –hoy cubierta en gran parte por una gruesa capa de hielo– estaba tapizada de verdes pastos.

En la zona costera sí que debía dominar ese tipo de paisaje, lo que, junto a un clima no demasiado hostil, permitió a Erik el Rojo y los suyos asentarse allí de forma permanente y establecer una colonia.

La Pequeña Edad de Hielo

El apogeo de esa fase cálida ocurrió entre los años 1100 y 1300, momento a partir del cual empezó a gestarse un nuevo cambio de clima. En Europa, justo a mediados del siglo xiv, la sucesión de años frescos y húmedos, con muy poca insolación, diezmó las cosechas de cereales y vid. La transición del calor al frío se caracterizó por ser un período extraordinariamente húmedo, que fue dando paso a años cada vez más fríos. Se iniciaba la Pequeña Edad de Hielo (PEH), un período muy frío de la historia que se prolongó, con altibajos, hasta finales del siglo xix.

A los climatólogos les quedan pocas dudas sobre la influencia que ejerció ese recrudecimiento del clima en la magnitud que alcanzó la peste bubónica, más conocida como la Peste Negra o la Gran Plaga, que tuvo lugar entre los años 1347 y 1352, y que se llevó por delante la vida de un tercio de la población europea de aquel entonces.

Escena en el hielo, Hendrick Barentsz, 1625.

Hoy en día, aunque la actual pandemia del covid-19 está causando estragos, contamos con la capacidad de desarrollar vacunas y medicamentos en tiempo récord, lo que pone más difíciles las cosas a los virus, limitando su propagación y reduciendo las tasas de infección y su letalidad. En el caso de la Peste Negra, al factor climático hay que sumar otros elementos claves, como fueron la falta de higiene de la época, la carencia de recursos médicos para combatir esa epidemia que transmitían los roedores, así como las guerras que asolaban permanentemente el Viejo Continente.

Aunque la PEH no es comparable, ni en duración ni en magnitud, a una glaciación como la Würm o cualquier otra, fue lo suficientemente importante como para influir de manera decisiva en el desarrollo de la civilización europea y de otras partes del mundo.

El núcleo duro de la PEH lo constituyen unos 150 años seguidos, con inviernos largos y muy fríos y veranos cortos y frescos, aunque en dicho período el cambio climático no fue global, pues hay indicadores que apuntan a que en el hemisferio sur apenas se notaron sus efectos (ambos hemisferios suelen ir con el paso cambiado en lo que al clima se refiere). Tampoco podemos dar una única fecha de inicio y de final de la PEH, ya que hay importantes desfases temporales dependiendo de las regiones afectadas. No obstante, suele considerarse el período 1550–1700 como el más gélido, dado que se inicia el enfriamiento en algunos lugares a finales del siglo xiv, y se prolonga en otros hasta mediados del xix, con importantes altibajos a lo largo de esos casi cinco siglos de historia.

Inestabilidad climática a comienzos del siglo XIX

Los últimos coletazos de la PEH coincidieron prácticamente en el tiempo con el establecimiento de una red global de observatorios meteorológicos, hacia 1850. Por aquella época, en la que los rigores del frío fueron aplacándose, el clima sufrió grandes idas y venidas, produciéndose algunos años extraordinariamente lluviosos como 1846, en que se inundaron los campos irlandeses y se pudrieron las patatas. Ello provocó en la isla verde la Gran Hambruna. Murieron hasta un millón de personas a causa del hambre y las enfermedades, y muchos de los supervivientes emigraron a Gran Bretaña y Estados Unidos; una nueva prueba de la poderosa influencia que ejerce y ejercerá el clima en la historia.

Escena durante la Gran Hambruna irlandesa.

Las sociedades humanas son vulnerables a los cambios climáticos, algo que en la actualidad vuelve a ponerse de manifiesto con el asunto del calentamiento global. Aunque históricamente el clima no ha sido la única causa que ha provocado el declive o la desaparición de una determinada cultura, imperio o civilización, siempre ha sido uno de los factores clave del asunto, si no el principal.

Desde finales del XIX: clima benigno con fases

Si comparamos el período que va desde 1850 hasta nuestros días –cubierto en su totalidad por registros meteorológicos instrumentales– con otros períodos históricos anteriores, podemos considerarlo cálido y benigno, lo que, sin duda, ha contribuido al crecimiento económico y de la población más importante acontecido a lo largo de toda la historia de la humanidad.

En todo ese tiempo, el clima no se ha comportado de manera uniforme, sino que podemos distinguir tres grandes períodos. El primero de ellos va desde 1880 hasta la década de 1940 y está caracterizado por una recuperación continua, lenta y sostenida de las temperaturas.

Dicha tendencia se quebró entre las décadas de 1950 y 1970 (época en la que algunos climatólogos vaticinaron la llegada de una nueva glaciación), para iniciarse en los años ochenta del siglo xx una nueva fase cálida, en la que nos encontramos en la actualidad, y que los científicos relacionan inequívocamente con las emisiones a la atmósfera de gases de efecto invernadero consecuencia de las actividades humanas.

La huella humana en el clima

Todos los seres vivos que habitamos la Tierra interaccionamos con el medio atmosférico y con el resto de subsistemas que forman el sistema climático, influyendo notablemente en el clima.

En lo que respecta a los seres humanos, dicha influencia fue de escasa importancia a escala planetaria hasta hace relativamente poco, pero en los últimos dos siglos y medio, especialmente en las tres últimas décadas, nuestra huella en el clima se ha ido manifestando de forma clara e inequívoca. Nos hemos convertido en uno de los principales moduladores del clima terrestre.

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