En un mundo de Google Maps, geolocalización y relación continua con el territorio, los mapas antiguos pueden llegar a ser objetos realmente preciados. Evidentemente, no desde un punto de vista práctico, sino por su valor artístico. Los mapas son testigos inigualables de la Historia, reflejos de la manera en la que veíamos (y seguimos viendo) el mundo. Son elementos fundamentales de nuestro patrimonio cultural.

Es por ello que los mapas antiguos son objetos codiciados, que pueden llegar a tener un elevadísimo precio. En 2001, la Biblioteca del Congreso de EEUU adquirió el mapamundi de Martin Waldsemüller de 1507, el primer documento en el que aparece el nombre de América, por 10 millones de dólares. Estudiosos, instituciones y coleccionistas reclaman mapas antiguos con interés, y están dispuestos a pagar cantidades más que considerables por ellos.

Martin Waldsemüller, Universalis Cosmographia, 1507. Fuente: Wikipedia.
Martin Waldsemüller, Universalis Cosmographia, 1507. Fuente: Wikipedia.

Por lo tanto, no es difícil que, cada cierto tiempo, surjan personajes que intenten acceder a una manera sencilla de conseguir dinero: robar mapas en bibliotecas y archivos, y venderlos al mejor postor. Lo cierto es que, contra lo que pueda parecer, robar mapas no es difícil para ellos.

En muchos casos, los mapas forman parte de atlas generales, gran parte de ellos de varios cientos de páginas. Resulta complicado controlar y revisar todas esas páginas una a una después de que un usuario de la biblioteca haya consultado el ejemplar.

Por otro lado, es igualmente complicado llevar un control. Tengamos en cuenta que no se sabe cuántos mapas y atlas impresos existen actualmente. En cualquier caso, muchísimos.
Las colecciones cartográficas de las bibliotecas pueden llegar a ser de cientos (o incluso miles) de documentos, dependiendo del tamaño de la biblioteca en cuestión. Las condiciones de seguridad se han desarrollado bastante en los últimos años, pero ha bastado con un despiste del personal de la biblioteca para arrancar una hoja de un atlas, doblarla e introducirla en el bolsillo.

Ha habido casos realmente sangrantes de expolio cartográfico, muchos de ellos durante años. Veamos algunos.

Farhad Hakimzadeh: un ladrón en la Biblioteca Británica

Durante años, un distinguido personaje, de origen persa, visitaba las salas de manuscritos y de mapas de la Biblioteca Británica en Londres. Era alguien elegante, amable, que estudiaba con pasión relatos de viajeros europeos de los siglos XVI y XVII por Asia.
Su nombre, Farhad Hakimzadeh, era conocido en los círculos bibliófilos londinenses. Había huido de Irán tras la caída del Sha, y era director del “Iran Heritage Foundation” (Fundación por el Patrimonio Iraní), dedicada a difundir la cultura iraní. Por otro lado, dirigía una editorial que publicaba libros sobre Oriente Medio.

Quienes lo conocían afirman que tenía un conocimiento realmente profundo de la historia de Persia y Mesopotamia. Un auténtico experto, tremendamente rico, que vivía en Knightsbridge, una de las zonas más acaudaladas de Londres.

En 2006, el personal de la Biblioteca Británica escuchó las palabras que ningún responsable de una biblioteca desea oír: un usuario informaba que faltaban páginas de un libro de 1626 de Sir Thomas Herbert, historiador, viajero y escritor del siglo XVII. Algo preocupante.
Revisaron quiénes habían consultado ese ejemplar últimamente, y buscaron los registros de otros ejemplares consultados por los mismos usuarios. Había un nombre que se repetía, casualmente, en las fichas de ejemplares mutilados o incompletos: Farhad Hakimzadeh.

Robó más de 150 documentos

Tras una minuciosa investigación, en la que comprobaron los ejemplares consultados por Hakimzadeh desde 1997 hasta 2005, las autoridades de la Biblioteca, junto con la Policía Metropolitana de Londres, se dieron cuenta de que el respetable estudioso llevaba años mutilando libros antiguos.

Por supuesto, el iraní negó tajantemente las acusaciones, pero, al visitar la Policía su domicilio, vieron que, entre su amplia biblioteca, tenía un gran número de libros y documentos que coincidían con lo que había desaparecido de la Biblioteca; entre otros, un mapa realizado por Hans Holbein el Joven, valorado en unas 30.000 libras.

Durante la investigación, también se descubrió que Hakimzadeh había sustraído importantes mapas y documentos de la Biblioteca Bodleiana de Oxford. En total, entre ambas instituciones, se creía que el ladrón había robado unos 150 documentos y libros antiguos, valorados en unas 400.000 libras.

Fue condenado a dos años de prisión, y su caso obligó a la Biblioteca Británica a emprender una profunda actualización de sus sistemas de seguridad.

Gilbert Bland y su libreta

El 7 de septiembre de 1995, un hombre llamado James Perry estaba consultando una serie de libros antiguos en la Biblioteca George Peabody de la Universidad Johns Hopkins (Baltimore, EEUU).

Interior de la Biblioteca George Peabody. Fuente: Wikipedia.

Un usuario que estaba sentado cerca de él creyó ver cómo arrancaba una hoja de uno de los libros, por lo que avisó a seguridad. Cuando Perry vio llegar a seguridad, recogió sus pertenencias y, nervioso, abandonó la biblioteca.  Al ver que los guardias de seguridad le seguían, aceleró progresivamente el paso y terminó corriendo calle abajo hasta intentar meterse en una galería de arte cercana. Pero la puerta de la galería estaba cerrada, y se vio obligado a desistir en su huida.

Perry regresó a la biblioteca con los guardias, que le pidieron entregarles su libreta de trabajo. Al revisar la libreta, las sospechas se confirmaron: dentro había tres mapas antiguos, realizados en 1763.

Por algún motivo, Perry y las autoridades de la biblioteca llegaron a un acuerdo: el ladrón pagaría 700 dólares en compensación de los daños causados, y el personal le dejaría marcharse. Pero, antes de irse, James Perry confesó al personal que ese no era su nombre. Su verdadero nombre era Gilbert Joseph Bland Jr.

No obstante, Bland cometió un error: al irse, olvidó su libreta en la biblioteca. Al revisarla bien, los guardias vieron algo preocupante: listas completas de mapas y manuscritos, junto a los precios que podían tener en el mercado y las bibliotecas donde estaban guardados. El robo que acababan de evitar no había sido, ni sería, el único.

Un robo federal a gran escala

Tras una serie de llamadas e investigaciones, descubrieron que eran muchas las bibliotecas de EEUU que echaban en falta documentos, justamente después de recibir la visita de un tal James Perry. En todos los registros aparecía el mismo nombre.

El caso se convirtió en noticia en todo el país, y el FBI asumió la investigación. Gilbert Bland confesó los hechos, y en 1996 se supo que, bajo el pseudónimo de James Perry,  había robado en total unos 150 mapas, que podían llegar a tener un valor en el mercado de medio millón de dólares.

El caso de Bland se solucionó de la mejor manera para él: el ladrón se ofreció a cooperar con el FBI, así como a trabajar con las bibliotecas para aumentar sus sistemas de seguridad de una forma más eficiente. Al mismo tiempo, fue obligado a pagar 70.000 dólares en concepto de daños y perjuicios, y a cumplir 17 meses de prisión.
La historia de Bland fue narrada por el periodista Miles Harvey en su libro (en inglés) “The Island of Lost Maps: A True Story of Cartographic Crime”.

Anders Burius: el ladrón que venía de dentro

El caso de Anders Burius es especialmente grave, y demuestra que los ladrones de mapas y de libros antiguos no son siempre delincuentes profesionales alejados del contexto académico.

Este sueco robó y vendió, a lo largo de la segunda mitad de los años 90 del siglo pasado, al menos 56 libros antiguos de la Biblioteca Nacional de Suecia. Pero lo especial del caso es que Burius no era un cualquiera: era nada menos que el director del departamento de manuscritos de la Biblioteca.

Interior de la Biblioteca Nacional de Suecia. Fuente.

Burius era un personaje muy reconocido en la academia. Historiador y bibliotecario, con estudios de derecho, tenía un currículum extenso y admirado a pesar de su juventud. A los 28 años trabajaba de bibliotecario en el Instituto Karolinska, una de las instituciones más prestigiosas de Suecia. Y, en 1995, con 39 años, se convirtió en el director del departamento de manuscritos de la Biblioteca Nacional de Suecia. Un logro al alcance de pocos.

Nadie sospechaba que su fulgurante carrera profesional iba de la mano de una continua práctica de robos de los manuscritos que debía conservar. Dado su puesto en la biblioteca, así como el profundo conocimiento que tenía de sus fondos, disfrutaba de libre acceso a los documentos que él quisiera, y sabía perfectamente su valor en el mercado.

Una historia de trágico final

Tras varios años sustrayendo libros antiguos y atlas de la Biblioteca (se cree que serían, al menos, 56 los ejemplares sustraídos), en 2004 Burius fue descubierto y tuvo que confesar. Pero esta historia no tiene un final feliz: el 8 de diciembre de 2004, Anders Burius se suicidó en su apartamento, provocando un escape de gas que derivaría en una gran explosión que se saldaría con doce heridos, aparte de su propia vida.

Mapa de Centroamérica del Atlas Wytfliet, 1597.

En 2012, 8 años después de la trágica muerte de Burius, se recuperó en Nueva York uno de los libros que el sueco había robado impunemente: el llamado Atlas Wytfliet, publicado por el holandés Cornelius Wytfliet en 1597. Una joya cartográfica que contiene algunos de los mapas impresos más antiguos de Norteamérica, entre ellos el primer mapa impreso de California.

Edward Forbes Smiley III: un maletín cargado de mapas

El 8 de junio de 2005, una trabajadora de la Biblioteca Beinecke de Libros Raros y Manuscritos de la Universidad de Yale encontró en el suelo el tipo de objeto que hace saltar todas las alarmas en cualquier biblioteca: una navaja de precisión. Al recogerla, la bibliotecaria avisó rápidamente a su supervisora, que se dispuso a revisar el registro de los últimos usuarios de la sala.

Interior de la Biblioteca Beinecke de Harvard.

Uno de esos usuarios era un tal Edward Forbes Smiley III. Tras una rápida consulta en Internet, a la supervisora no le gustó nada lo que vio: ese usuario, de nombre tan pomposo, era marchante de mapas antiguos. Así que llamó al responsable de seguridad, que observó el sospechoso comportamiento del usuario, que aún estaba consultando atlas antiguos, a través de las cámaras de vigilancia.

Tras avisar a la policía local, un agente siguió al sospechoso varios cientos de metros. Le pidió que se detuviera, y le preguntó si la navaja encontrada era suya. Sin inmutarse lo más mínimo, Forbes Smiley le respondió que sí. Ante su respuesta, el policía le pidió revisar su maletín, y, dentro, había un mapa de Nueva Inglaterra de 1631. Un documento de un valor incalculable.

El agente siguió revisando el maletín, y vio que había más mapas antiguos originales. Pero no eran de la Beinecke; debían ser de otras bibliotecas. Así que la policía avisó al FBI, que emitió un comunicado pidiendo a las bibliotecas de EEUU que revisaran sus fondos y les avisaran si en algún momento habían echado algo en falta.

La respuesta no se hizo esperar: muchas bibliotecas estaban alarmadas por la desaparición de mapas y páginas de diferentes atlas, la mayoría de los casos coincidiendo con la visita de Edward Forbes Smiley III. Las víctimas no eran bibliotecas pequeñas, sino instituciones tan importantes como la Biblioteca Pública de Boston, la Biblioteca Houghton de Harvard e incluso la Biblioteca Británica de Londres.

Tres millones de dólares en mapas

Finalmente, Edward Forbes Smiley III, que era un reconocido marchante y experto en mapas que había ayudado a crear importantes colecciones cartográficas donadas a instituciones como la Biblioteca Pública de Nueva York, confesó el robo de 97 mapas antiguos, con un valor total de 3 millones de dólares. Mapas que había recortado con su navaja, escondido en su maletín o su bolsillo, y vendido a sus clientes.

Tras ser acusado formalmente de los robos, en 2007 Forbes Smiley fue condenado a tres años y medio de prisión y al pago de 2,3 millones de dólares. Este caso provocó un amplio debate público sobre la necesidad de invertir en medidas de seguridad en las bibliotecas y archivos, cosa que muchas hicieron. En 2014, el periodista Michael Blanding escribió un libro (en inglés, no está traducido al español) sobre el caso, titulado ‘The map thief’.

César Gómez: el caso español

Terminamos este recorrido en España, con uno de los casos más mediáticos de robo de patrimonio cultural de los últimos años: la sustracción de valiosísimos documentos cartográficos de la Biblioteca Nacional de España por parte de César Gómez Rivero, uruguayo nacionalizado español.

César Gómez visitó por primera vez la Biblioteca Nacional en Madrid en febrero de 2004. Haciéndose con un carnet de investigador, visitaba las instalaciones con una frecuencia intermitente, consultando sus fondos y familiarizándose con el edificio. Utilizando una hoja de afeitar que escondía en un cajetín en el que se guardaban las fichas catalográficas, Gómez Rivero mutiló 10 libros conservados en la Sala Cervantes, donde se guardan los ejemplares más valiosos de la Biblioteca.

Entre otros incunables, a finales de 2006 el ladrón sustrajo un mapamundi de la Geographia de Claudio Ptolomeo impreso en 1482, uno de los grandes tesoros no solo de la Biblioteca Nacional, sino de toda la historia de la cartografía.

Geographia de Ptolomeo de 1482.

El personal de la Biblioteca advirtió el robo en agosto de 2007, y fue un auténtico escándalo. No en vano, era el mayor robo que había sufrido la Biblioteca Nacional de España. Una semana después, la directora de la Biblioteca, Rosa Regás, dimitió de su puesto, y puso en un serio apuro al Ministro de Cultura, César Antonio Molina. Regás negó que su dimisión tuviera que ver con el robo, pero quizás nunca lo sabremos.

Cuando robar patrimonio sale “barato”

En 2007 encontraron en Argentina a Gómez Rivero, quien admitió el robo y devolvió ocho de los diez originales que había sustraído. Tiempo después, las dos restantes obras perdidas que habían sido vendidas por Gómez Rivero aparecieron en casas de subastas de Nueva York y Sidney, y, afortunadamente, volvieron a la Biblioteca.

Pero César Gómez Rivero nunca pisó la cárcel. Años después, cuando se le intentó extraditar, la justicia argentina argumentó que el delito ya había prescrito, por lo que no hubo nada que hacer.

Actualmente, César Gómez Rivero vive en Buenos Aires, alejado de los focos y de las responsabilidades de haber perpetrado el mayor robo de la Biblioteca Nacional de España. Podemos ver la historia de ese robo en el capítulo que le dedicó la serie “Guardianes del Patrimonio”, de La 2 de RTVE, disponible online. Y, en 2018, el periodista argentino Andrés López Reilly publicó un libro contando esta historia, bajo el título “El ladrón de mapas”.

La necesidad de cuidar nuestro patrimonio

Las medidas de seguridad en las bibliotecas y archivos han tenido una gran mejora en los últimos años. En muchos casos, debido justamente a los robos que han sufrido. Pero debemos tener en cuenta la fragilidad de las colecciones cartográficas ante potenciales robos.

Por tanto, es necesario conservarlas de la mejor manera y defenderlas ante aquellos que, fundamentalmente por motivos económicos, se han dedicado a esquilmar nuestro patrimonio.

Porque, cuando se roba un mapa antiguo, no se roba simplemente un documento, ni un trozo de pergamino. Se roba nuestra cultura. Se roba la definición de nuestra manera de ver el mundo. Y eso convierte a los ladrones, precisamente, en ladrones de mundos.

1 COMENTARIO

Dejar una respuesta

Please enter your comment!
Por favor, introduce tu nombre

Este sitio usa Akismet para reducir el spam. Aprende cómo se procesan los datos de tus comentarios.