Alrededor del siglo XI, una historia recorría todo el continente europeo. Una historia que se difundía en cientos de manuscritos, y que se relataba en monasterios, cortes, ciudades y aldeas. Una historia sobre un abad, natural de la lejanísima Irlanda, que, junto a catorce de sus compañeros, había realizado un largo viaje por el temido, furioso e impenetrable Océano Atlántico.

En ese viaje divisaría multitud de islas maravillosas y territorios legendarios, viviendo una serie de aventuras que lo convirtieron en uno de los personajes más conocidos de la Europa medieval.

Ese abad se llamaba Brandán. Y su historia pasó a formar parte del imaginario mítico de Occidente.

¿Quién era este personaje? Históricamente, no sabemos demasiado de él. Brandán nace a finales del siglo V en Tralee, en el condado irlandés de Kerry. Con una sólida educación cristiana, solo comparable a su inquebrantable fe, pronto Brandán comenzó a difundir la palabra de Dios a lo largo y ancho de las islas británicas, fundando enclaves monásticos en las islas de Arán y predicando el Evangelio por las islas escocesas, Gales y Bretaña.

Alrededor del año 557 fundó un monasterio en Clonfert (Galway, Irlanda), convirtiéndose en su abad y permaneciendo ahí hasta su muerte. Y ahí, en ese monasterio, es donde comienza la leyenda.

Más allá de los límites del mundo conocido

La historia que hizo que la fama de Brandán traspasara la frontera de las islas británicas y recorriera la Europa medieval comienza una noche, en el monasterio de Clonfert, cuando recibe la visita de un anciano monje, de nombre Barinto, que le relata la existencia de una serie de islas maravillosas en el océano occidental, más allá de los límites del mundo conocido.

Maravillado por el relato, Brandán convence a catorce de sus monjes para construir un curragh (sencilla embarcación tradicional irlandesa hecha de madera y cuero) y emprender la navegación por el océano. Sin velas, sin timón, sin rumbo. Realmente, no lo necesitaban. Sería Dios quien los guiaría.

A lo largo de siete años, Brandán y sus compañeros navegan por el Atlántico, divisando un gran número de islas maravillosas: la Isla de los Pájaros, en la que las aves cantan salmos y alaban a Dios. La isla en la que Judas cumple su penitencia. Un enorme pilar de cristal en un mar de niebla que tardan tres días en rodear. Estas y otras islas conforman un auténtico catálogo de maravillas tras el cual llegan al mejor destino de todos: el Paraíso.

Tras ser recibidos ahí por san Pablo el Ermitaño y admirar las bondades de esa Tierra Prometida, navegan de vuelta a Irlanda, donde Brandán fallece tiempo después.

Navigatio Sancti Brandani: un best-seller medieval

Esta historia fue registrada por escrito por primera vez en el siglo X, en una obra denominada Navigatio Sancti Brandani (“La Navegación de San Brandán”), convirtiéndose en un auténtico best-seller durante siglos.

Más de 100 manuscritos son conocidos de esta historia, y se llegó a traducir a la mayoría de lenguas vernáculas europeas. Un verdadero fenómeno literario que traspasó fronteras, tanto geográficas como culturales.

San Brandán y sus compañeros en los lomos de la ballena. Grabado del “Nova Typis Transacta Navigatio” de Caspar Plautius, 1621.

Y si la historia de San Brandán fue tremendamente conocida en el contexto medieval y moderno, quizás más conocido fue uno de sus episodios: en un momento dado del viaje, los monjes desembarcan en una isla para celebrar la misa, comer y descansar un poco. Cuando los hermanos se encuentran encendiendo una hoguera, la isla empieza a moverse violentamente, por lo que huyen despavoridos hacia el curragh.

Pero Brandán les cuenta qué es lo que ocurre realmente: no estaban sobre una isla. Estaban sobre el lomo de un pez gigante, que con el tiempo la tradición identificó con una ballena.

La historia de Brandán y la isla-ballena tuvo una enorme difusión. Se representó en miniaturas, se narró en manuscritos, se trató en obras geográficas y, cómo no, apareció en mapas.

Miniatura representando a Brandán y sus acompañantes sobre la ballena, c. 1460. Biblioteca Universitaria de Ausburgo, Cod. Pal. Germ. 60, fol. 179v.

El primer mapa en el que aparece la historia brandaniana es el famoso mapa de Hereford (c. 1291), en el que, en la esquina inferior derecha, junto a las Islas Afortunadas, una inscripción en latín nos indica que las Afortunadas son seis islas, y que son las islas de San Brandán.

Mapa de Hereford
Mapamundi de Hereford, c. 1291. Catedral de Hereford, Inglaterra.

La identificación con las Islas Canarias

Y aquí empieza una relación que llega hasta la actualidad: la identificación de la mítica isla de San Borondón con las Canarias. Aún hoy, una leyenda popular afirma que existe una misteriosa isla, en la parte occidental del archipiélago canario, que aparece y desaparece caprichosamente, y que no permite ser visitada.

Y justo eso es lo que muestra el mapamundi de Ebstorf, realizado a finales del siglo XIII en el monasterio de la localidad alemana del mismo nombre, y desaparecido en un bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial.

Mapamundi de Ebstorf, c. 1300 (reproducción).

En este mapa se hace referencia a la isla de San Brandán como insula perdita (isla perdida), y se afirma que fue encontrada por el monje, pero nadie más ha logrado dar con ella.

Y así se fue alimentando la leyenda. En gran parte de los mapas medievales y modernos había un espacio en el Atlántico dedicado al recuerdo de San Brandán, e incluso, en ocasiones, esta referencia superó los límites culturales europeos para formar parte de documentos cartográficos de Oriente Próximo, como podemos ver en el mapa del otomano Piri Reis de 1513.

Mapamundi de Piri Reis.

Y siempre llega un momento en que la leyenda se convierte en realidad. Tengamos en cuenta que la frontera entre referentes geográficos legendarios y reales no existió de la manera en que existe en la actualidad. La isla perdida de San Brandán no había sido encontrada, pero eso no significaba que no existiera.

De hecho, la tradición de una isla perdida, sumida en la bruma y la oscuridad, ha sido compartida por diversas culturas a lo largo de la Historia. El mito de la isla perdida no comienza su andadura con la redacción de la Navigatio. Ya desde los principios de la cultura clásica, leyendas relacionadas con islas que aparecen y desaparecen caprichosamente forman parte del acervo cultural colectivo.

Aprositus, la que no puede encontrarse

Autores como Diodoro de Sicilia o Estrabón hablan de una isla en el Océano, de grandes beneficios naturales, que resulta casi imposible de encontrar por la gran distancia que la separa del continente. Pero no es hasta la aportación de Ptolomeo, en el siglo II d.C., cuando ya se otorga un topónimo inconfundible a esta isla: Aprositus, la que no puede encontrarse.

Como vemos, se trata de una tradición mucho más antigua de la que pensamos, pero focalizada en Occidente en la figura de ese monje irlandés que surcó el Atlántico en busca del Paraíso.

La leyenda de la isla de San Borondón, que aparece y desaparece caprichosamente, siguió vigente a lo largo de los siglos. El historiador Abreu Galindo, en los años 30 del siglo XVI, llegó a asegurar la situación exacta de la isla, y fueron varios los intentos oficiales de averiguar su existencia, e incluso de visitarla.

Detalle del mapa de África de Guillaume Delisle mostrando San Borondón al Este de las Canarias, 1707. Library of Congress, Geography and Map Division.

Se cartografió, se describió, se dibujó. Pero nunca se encontró. Porque la isla de San Borondón, al igual que la leyenda, es tan atractiva como caprichosa. Si nadie, después de San Brandán, la ha encontrado, razón de más para intentar llegar a ella, movidos por la atracción a lo desconocido, a lo nuevo, a lo misterioso. La atracción por esa isla es tan legendaria como legendaria es la narración del viaje del monje irlandés por el Atlántico en el siglo VI.

Tim Severin y la réplica del viaje de San Brandán

Reino Unido, 1976. Un historiador y navegante inglés, de nombre Tim Severin, conoce la historia de San Brandán. Ha leído mucho sobre las aventuras del monje y sus catorce compañeros durante su viaje de siete años por el océano. Y piensa que, quizás, no se trate de una simple leyenda.

Quizás no sean delirantes imaginaciones propias de la tradición oral. Quizás ese viaje se pueda realizar. Así que Severin reúne a una serie de marineros, construyen una réplica exacta de un curragh tradicional como el que usó San Brandán, y, el 16 de mayo de 1976 (día de San Brandán) zarpan hacia el Atlántico. Sin brújulas. Sin herramientas modernas. Simplemente ellos, el curragh, las velas y el océano.

Severin durante la travesía

Y, para su asombro, a lo largo de la travesía llegan a una serie de islas con unas características sospechosamente parecidas a las que se narran en la historia de San Brandán.

La Isla de las Ovejas que aparecía en el relato original podía tratarse de las Hébridas. Las islas Feroe le recordaban la Isla de los Pájaros de la historia brandaniana. Y, en las oscuras aguas del Atlántico Norte, una serie de icebergs parecían gigantescas columnas de cristal. ¿Podían ser las columnas de cristal que relataba Brandán?

Un año después de haber salido de Irlanda, el curragh de Severin y su equipo llegó a Norteamérica. ¿Quizás el Paraíso de Brandán?

Quién sabe, pero, contra todo pronóstico, una pequeña y humilde embarcación, idéntica a la que habían usado Brandán y sus compañeros, había cruzado el Atlántico simplemente dejándose llevar.

Severin no quiso aventurarse a asegurar que la historia de San Brandán fuera verdad, pero demostró que una embarcación construida igual que en el siglo VI puede llegar a tierras americanas, pasando por islas que recuerdan a las que visitaron aquellos monjes irlandeses según un relato que tenía diez siglos de antigüedad.

Severin narró su accidentado viaje en un apasionante libro, The Brendan Voyage, que se convirtió también en un best-seller internacional y se tradujo a 16 idiomas. Quizás nunca sabremos si el viaje de San Brandán es simple leyenda, o más bien la adaptación imaginativa de un viaje real.

Pero quizás tampoco nos haga falta saberlo; fue la leyenda la que conformó una tradición que, a día de hoy, quince siglos después de la muerte de Brandán, nos sigue haciendo soñar despiertos.

6 COMENTARIOS

  1. Cuando los marineros españoles llegaron a la costa de Buenos Aires, se encontraron con una enorme herida en la costa y pensaron que de allí habia surgido la famosa isla, asi que llamaron a ese paraje bahia de san borondon, que luego deformó en la actual bahia de san borombon

  2. Un relato interesante y entretenido, que desconocía, de como una geografía fantástica de un monje aventurero permeó la cartografía “profesional” de aquellos años lejanos…

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