Robert Louis Stevenson escribió en una ocasión que le habían dicho que hay personas a las que no les gustan los mapas, pero que le resultaba difícil de creer.

¿Hay alguien que no disfrute observando detenidamente un mapa? ¿Acaso los mapas no nos hacen soñar a todos con lugares lejanos, inexplorados, a los que nunca hayamos ido, y seguramente nunca iremos?

Un mapa nos hace viajar, nos invita a explotar nuestra imaginación y a enfrentarnos con nuestras fantasías.

Pero hay otro medio de expresión, otra forma de arte, que cumple la misma función: el cine. Hagamos un breve recorrido por la relación entre dos vehículos de la imaginación: los mapas y las películas. Porque, a fin de cuentas, la cartografía y el cine no son más que dos maneras de hacernos soñar.

Toda aventura empieza con un mapa

Ya que mencionábamos a R.L. Stevenson, conviene hacernos una pregunta: ¿qué sería de “La Isla del Tesoro” sin el mapa que acompaña la obra? El mapa de la isla tiene un peso fundamental en la novela, y, de hecho, fue el catalizador de toda la historia, aunque de eso hablaremos en otro momento.

Toda historia de ficción le debe gran parte de su magia al contexto geográfico en que se desarrolla. Ocurre en la literatura, y por supuesto también en el cine. Cuando en la pantalla vemos el mapa de una región inexplorada, ya sabemos que ahí nos espera una aventura, algo que podemos ver claramente en “Las Minas del Rey Salomón” (Andrew Marton y Compton Bennett, 1950).

“Las Minas del Rey Salomón” (Andrew Marton y Compton Bennett, 1950)

 

Viajando a la actualidad, los propios títulos de crédito de la exitosa serie “Juego de Tronos” (David Benioff y D.B. Weiss, 2011) se desarrollan sobre el mapa de Poniente, presentándonos el campo de acción incluso antes de que empiece la historia.

Es algo que ya habían hecho escritores como Tolkien, Robert E. Howard y el propio George R.R. Martin: conscientes de la importancia de los mapas para que los lectores no se perdieran en una historia tan compleja, incluyeron diferentes mapas para, por otra parte, dotar de realismo a esas historias, un recurso que el cine tomó prestado.

Uno de los ejemplos más conocidos de la aplicación introductoria de los mapas en el cine son los créditos iniciales y los primeros minutos de “Casablanca” (Michael Curtiz, 1942).

Después de presentar los títulos de crédito sobre un mapa del continente africano, una voz en off nos contextualiza la historia, apoyándose en un globo terráqueo y en la representación cartográfica de las rutas de los refugiados que huían de París en la Segunda Guerra Mundial.

Esa ruta empezaba en la capital francesa, y acababa en el escenario de la película: Casablanca. En dos minutos, los mapas nos han ayudado a entender la historia. Han guiado nuestra atención hasta la ciudad en que Rick Blane e Ilsa Lund se reencuentran después de los años.

Y ese es uno de los grandes logros de la simbiosis entre mapas y cine: nos hacen viajar. Todos hemos crecido viendo escenas en las que un avión, un coche o cualquier otro medio de transporte recorren el mundo en pocos segundos, dibujando una línea que marca las paradas efectuadas y las rutas tomadas.

Quizás uno de los ejemplos más conocidos es el viaje de Indiana Jones de San Francisco a Nepal en “En Busca del Arca Perdida” (Steven Spielberg, 1981). Miles de kilómetros en medio minuto. Y nosotros viajando con él. Ese uso narrativo de los mapas en el cine hizo que a muchos nos entrara el amor por viajar ya desde pequeños.

El mapa, un personaje más de la historia

Hay infinidad de presencias cartográficas en la Historia del Cine. Cientos de películas han utilizado activamente los mapas, y en cada una de ellas cumplen una función.

Por ejemplo, en la maravillosa “M. El Vampiro de Düsseldorf” (Fritz Lang, 1931), mientras las autoridades trabajan para dar con el aterrador asesino de niños (interpretado magistralmente por Peter Lorre), uno de los investigadores propone vigilar todas las cárceles y manicomios de la ciudad.

En ese momento, estiran un mapa sobre la mesa, y la mano del policía, enfundada en un guante negro, se posa sobre él, lentamente, mientras afirma: “Cada metro cuadrado tiene que estar bajo control. Ningún niño de la ciudad dará un solo paso sin que nosotros lo sepamos”.

Mientras lo dice, la cámara no enfoca su rostro, sino su mano. Un plano estático, centrado en el amenazador guante negro sobre el mapa de la ciudad. La mano abierta, inmóvil durante varios segundos, de un color negro que contrasta con el blanco del mapa. Aquí, Fritz Lang utiliza el mapa como soporte del guión, como metáfora del férreo control de las autoridades sobre la ciudad.

“M. El Vampiro de Düsseldorf” (Fritz Lang, 1931)

Al principio de este artículo comentábamos el papel explicativo de los mapas en el cine y su valor a la hora de contextualizar la historia. En este sentido, hay un caso muy claro: los primeros minutos de “Dogville” (Lars von Trier, 2003). El prólogo de la película nos presenta a los personajes y al remoto pueblo en que se desarrolla la historia.

Lo hace con un plano cenital que muestra un mapa del pueblo, con sus calles y sus casas, y los personajes haciendo su vida dentro de él. Al principio, parecen pequeñas hormigas, casi irreconocibles, pero, poco a poco, la cámara se va acercando muy lentamente y centra su atención en uno de los protagonistas.

De esta manera, el mapa de Dogville se convierte en un personaje más del prólogo; quizás, incluso, el más importante, ya que es el que nos permite conocer el pueblo y entender el peso que el mismo tiene en el desarrollo de la película.

El mapa como metáfora

Pero quizás, uno de los más recordados usos metafóricos de un objeto cartográfico en una película viene de la mano del genial Charles Chaplin. En su maravillosa “El Gran Dictador” (1940), descarada (y necesaria) burla del régimen nazi, Chaplin diseña y protagoniza una de las escenas más sublimes en las que un mapa toma el protagonismo.

Uno de los personajes que interpreta Chaplin, Adenoid Hynkel, baila con un globo terráqueo en su despacho, mientras fantasea con dominar el mundo. Un baile delicado, romántico, en que podemos ver una relación casi de amor.

Fotograma de El gran dictador de Charles Chaplin.

Juega con él, lo tira, salta sobre él. Se sube a la mesa, y ambos, Hynkel y el globo, protagonizan una coreografía delicada, poética, lenta. El dictador mira el globo con ternura, y parece que el globo le devuelve esa mirada.

Después de varios minutos de ensoñación, de amor, de manejar el mundo a su antojo, el globo le explota en la cara. Por unos segundos, Hynkel no entiende qué ha pasado. Mira los restos del globo terráqueo explotado; un triste trozo de plástico sin vida.

Y el dictador vuelve a la realidad. Se apoya en la mesa, desesperado, porque ve que el mundo no le pertenece. No solo no le pertenece, sino que no lo hará jamás. Es capaz de destruir el mundo jugando con él, por lo que nunca será suyo por completo.

Pocas veces hemos visto un uso metafórico tan potente de un mapa en el cine. De nuevo, la cartografía toma parte activa en la historia, y convierte una escena en pura poesía.
Como decíamos al principio, cuando miramos un mapa, viajamos. Y viajamos cuando vemos una película.

Con los mapas, soñamos con tierras lejanas (y no tan lejanas). Con el cine, soñamos con lo que sucede en esas tierras. Y ese es el nexo de unión entre ambos medios de expresión. Tanto los mapas como el cine nos hacen soñar. Nos ayudan a pensar, a situarnos en el mundo, y, en ocasiones, a evadirnos. A fin de cuentas, eso es lo que necesitamos.

3 COMENTARIOS

  1. Recuerdo otro uso de mapa bastante cachondo y que decide el destino de los protagonistas de la película. Al inicio de “El rey de Zamunda (Coming to America)” buscan en un atlas qué parte del mundo es la más adecuada para encontrar una “reina”. Y cuando abren por la parte de Nueva York, deciden que no hay mejor lugar que “Queens”. Jajaj.
    Y eso les lleva a vivir allí toda la aventura!
    PD: Gran post!

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