Existen multitud de fenómenos atmosféricos en el mundo. Algunos son sobrecogedores, como una tormenta de rayos; otros son bellos, como la aparición de un arcoíris; o delicados como las gotas del rocío sobre las hojas de la vegetación. Si tuviese que definir la calima con un adjetivo, sería lúgubre.

La calima es una masa de aire que contiene el suficiente volumen de partículas en suspensión como para dificultar la visibilidad en un día despejado. Podría asemejarse a un banco de niebla, con la salvedad de que se compone de partículas sólidas como arena, limo o arcilla, en lugar de humedad.

También se podría pensar en una tormenta de arena en mitad del desierto, pero no es exactamente eso: la calima puede alcanzar mucha más altura que una tormenta de arena, superando los 2.000 metros, y no tiene la violencia de las ráfagas de viento en superficie que se desata en una tormenta de arena, pues se genera por la convección vertical del aire caliente.

Vientos Alisios y ZCIT. Fuente: ultramarin.nl
Vientos Alisios y ZCIT. Fuente: ultramarin.nl

De este modo, las partículas en suspensión pueden viajar miles de kilómetros llevadas por los vientos dominantes de las capas altas de la atmósfera, por lo que los países y regiones afectadas son muy diversas: desde Europa occidental, los países africanos del Sahel y las Islas Canarias, hasta territorios de ultramar como el Caribe, América central y Sudamérica.

¿De dónde sale tanto polvo?

Evidentemente, las áreas desérticas del planeta son la fuente perfecta para el origen de la calima. Sin embargo, es preciso que estén localizadas a lo largo de una franja denominada Zona de Convergencia Intertropical (ZCIT), que es el cinturón de bajas presiones en el que convergen los vientos alisios del hemisferio norte con los del hemisferio sur. En esta franja se conforma lo que se conoce como “Dust Belt” (Cinturón de Polvo).

Cinturón de Polvo (Dust Belt). Fuente: Aeolian Dust Blog
Cinturón de Polvo (Dust Belt). Fuente: Aeolian Dust Blog

Estaríamos hablando del “Ecuador Térmico”, la zona del globo terrestre en la cual se registran las temperaturas más elevadas debido a la incidencia de 90° de los rayos solares en estas latitudes, y que generan la mayor convección vertical de aire caliente del planeta. De este modo, los grandes desiertos ubicados en el área de influencia de la ZCIT son el origen de la calima.

El impacto de la calima

Al definir la calima como lúgubre, debéis imaginaros una masa translúcida y envolvente que disminuye el brillo del sol, y que desata un curioso fenómeno denominado ‘lluvia de sangre’. Este macabro término tiene su explicación en el color de las gotas de agua, mezcladas con las partículas del desierto. Generalmente es conocido como ‘lluvia de barro’, pero se hace la diferenciación cuando el pigmento del residuo es de color rojizo tras la precipitación.

Al estar en suspensión, las partículas de la calima actúan como núcleos de condensación para la humedad, lo que facilita la formación de gotas de agua. Una vez que las gotas son tan grandes que el aire no es capaz de mantenerlas suspendidas, éstas se precipitan hacia la tierra por efecto de la gravedad y, al impactar contra su superficie, el polvo desértico lo impregna con su tonalidad ocre, rojiza o amarillenta, llegando a contabilizarse hasta 2-4 gr/m2 después de estos eventos.

Lluvia de Barro sobre un coche en Madrid (20/07/16). Fuente: Elaboración propia.
Lluvia de Barro sobre un coche en Madrid (20/07/16). Fuente: Elaboración propia.

Sin embargo existen otros efectos imperceptibles de forma directa para el ojo humano. En España, por ejemplo, la calima viene asociada a un aumento de la temperatura, dado que la masa de aire que acarrea la carga de partículas tiene su origen en el Desierto del Sahara.

En este sentido, las Islas Canarias son las más afectadas por esta masa de aire cuando el viento viene del Este (algo habitual siguiendo la dirección de los vientos dominantes), pero lo más notable es que la calima conlleva un enfriamiento de la atmósfera, ya que la multitud de sedimentos transportados ejercen una considerable refracción sobre los rayos de luz, limitado el porcentaje de luz que llega al suelo y actuando como un día nublado.

Un día de calima en la ciudad de Madrid. Fuente: tormentasenaccion.wordpress.com
Un día de calima en la ciudad de Madrid. Fuente: Tormentas en acción.

Las consecuencias de esta situación afectan a todo el ecosistema, empezando por el ser humano. La carga de polvo asociada a la calima constituye un serio problema para la población de riesgo: ancianos, niños y personas con algún problema respiratorio.

De hecho, los científicos, a través del proyecto europeo MACC (Monitoring Atmospheric Composition and Climate), han encontrado indicios suficientes como para afirmar que la calima está directamente relacionada con la epidemia de meningitis de algunos países del Sahel, tales como Burkina Faso, Senegal, Níger y Malí.

Por suerte, gracias a su monitorización se puede predecir la aparición de la calima con 48 horas de antelación, lo que facilita la gestión de avisos locales para su prevención (permanecer en casa, no realizar actividades físicas extremas, y mantenerse hidratado).

Además de estos problemas, la sedimentación de las partículas que componen la calima tiene efectos nocivos sobre la vegetación y la agricultura (impidiendo la realización de la fotosíntesis), sobre los suelos (creando una fina capa que altera su composición química), y contaminando el agua tanto de ríos, lagos y acuíferos. Incluso se ha llegado a constatar la aparición de enfermedades en algunos arrecifes de coral, luego de la sedimentación del polvo en el océano.

Relación con el Cambio Climático

Los estudios realizados sobre el Cambio Climático centran su atención en la presencia de los gases de efecto invernadero en la atmósfera, pero poco se sabe acerca de la repercusión de los aerosoles sobre el clima del planeta Tierra.

En los últimos años, expertos observadores en la Agencia Estatal de Meteorología (AEMET) en España están comprobando cómo pueden afectar las características de las partículas en suspensión al sistema climático a través del estudio de su cantidad, tamaño y modo de dispersión de luz.

Hasta ahora, se puede constatar que existe un aumento de polvo en la atmósfera y sus fenómenos asociados, como la lluvia de barro, desde los años 90. Su explicación reside en una mayor insolación, que favorece los movimientos ascendentes del aire, y la expansión de las áreas desérticas en el norte de África y el Sahel.

Sin embargo, aunque según la revista Nature Climate Change, el 75% de los eventos de temperatura extrema son atribuibles al Cambio Climático, no se puede afirmar con rotundidad que esté detrás de estos procesos.

Masa de aire sahariana cargada de polvo. Fuente: zonu.com
Masa de aire sahariana cargada de polvo. Fuente: zonu.com

Lo que es innegable es la retroalimentación que tiene el clima con la presencia de polvo atmosférico, ya que la concentración de partículas en la atmósfera puede modificar el clima, provocando una disminución de la temperatura en la superficie de la Tierra y dando origen a periodos más fríos.

Pero a su vez, el clima determina el volumen de partículas de polvo disponibles en la atmósfera, en función de la existencia y extensión de los desiertos y la sequía en el planeta.

Entonces… ¿existe relación entre las partículas en suspensión y los gases de efecto invernadero? Esa es la pregunta del millón entre los expertos que estudian las diferentes teorías sobre el Cambio Climático. Se cree que la concentración de polvo en la atmósfera condiciona la presencia de los gases de efecto invernadero en la misma.

Por ejemplo, una de las teorías sobre la mesa, propuesta por el oceanógrafo John Martin (1988), sostiene que la deficiencia del hierro como micronutriente en los océanos disminuye la presencia de fitoplancton en las aguas superficiales, que son esenciales para la eliminación de CO2 atmosférico, por lo que la temperatura media del planeta será más elevada. Esa es la denominada “hipótesis del hierro”.

Recordemos que, gracias a la calima, estas partículas de hierro pueden llegar al océano y así aumentar el volumen de fitoplancton, lo que se traduce en una disminución de CO2 atmosférico y una reducción térmica a escala planetaria. Por lo que podemos deducir que a mayor cantidad de polvo en la atmósfera, menor presencia de CO2 en esta.

Ahora bien, ¿debe el ser humano, según esta premisa, contribuir a la fertilización de los océanos con minerales de hierro para detener o mitigar el Cambio Climático? ¿Acaso no será demasiado tarde? O peor aún, ¿podrían disminuir los niveles de CO2 hasta el punto de originar una pequeña edad de hielo?

Mientras tratamos de responder, seguiremos sintiendo el cálido aliento de nuestro vecino africano, como una advertencia que nos recuerda lo cerca que nos encontramos de un mundo inhóspito e indómito, pero vivo y cambiante.

*También puedes leer este artículo en inglés en GeographicMind.

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