Durante el mes de marzo de 2020, en solo dos semanas, España perdió cerca de 900 000 afiliados a la seguridad social. Con la crisis económica del 2008, la más grave del siglo XXI hasta el momento, se tardó 101 días, es decir, más de tres meses, en llegar a esa cifra. Italia prohibió los despidos durante 60 días, en plena crisis del coronavirus, para evitar una situación similar.

La Gran Recesión de 2008 fue devastadora para los países del sur de Europa y para la Unión Europea en general. Supuso una crisis institucional generalizada y un punto de inflexión para los movimientos euroescépticos. Ahora, ante una previsión aún peor, Europa se la juega.

Evolución del IPC en España desde 2007 a 2011

Cuando el país transalpino, el primero en enfrentarse seriamente al coronavirus en Europa, solicitó ayuda a sus colegas, nadie respondió. Pero sí recibió apoyo: Rusia y China acudieron al rescate con cantidades ingentes de material sanitario.

La Unión Europea reaccionó, más vale tarde que nunca, pero su credibilidad entre la población italiana está muy mermada y, además, parece no estar dispuesta a dar soporte como a Italia le gustaría. Y no solo a Italia, también a España, país que lo supera en número de infectados.

El debate en el seno de la Unión Europea

La Unión Europea ha empezado sus movimientos tarde. Es cierto que no corresponde a la Comisión Europea, ni a ninguna otra de sus instituciones, luchar contra la pandemia. Los sistemas sanitarios y sus presupuestos son totalmente competencia de los estados miembro, por lo tanto, Europa solo tiene una forma de ayudar: dar dinero. Pero tiene mucho dinero, por lo tanto, su ayuda puede significar un gran alivio.

Edificio Berlaymont, en Bruselas, sede de la Comisión Europea

En Bruselas se han mantenido conversaciones muy intensas. España e Italia, con el apoyo de Francia, lucharon por la creación de los llamados coronabonos. Alemania apostó por ofrecer un préstamo del Fondo Europeo de Estabilidad Económica, lo que se conoce popularmente como el fondo de rescate, prácticamente sin intereses. La tercera posición, representada, principalmente, por Holanda, era la de ofrecer un préstamo con intereses más elevados, sin las ventajas fiscales defendidas por Alemania.

El riesgo de impago de los coronabonos

La cuestión principal que hay que entender para saber el porqué de estas tres posiciones tiene un nombre concreto: riesgo de impago. Si un país tiene un alto riesgo de impago, tendrá que pagar más intereses por la deuda.

Interior del palacio de la bolsa, Madrid

Así, el riesgo de impago de países como Alemania, Holanda o Finlandia es muy bajo. En el caso de Alemania, incluso, está en número negativos. Eso quiere decir que, si yo quiero prestarle dinero a Alemania, además de dejarle mi dinero, tendría que pagar.

Si le dejo dinero a España, cuyo riesgo de impago es mayor, le pondré unos intereses altos, por lo tanto, ganaré mayor beneficio a largo plazo. Existe la siempre temida posibilidad de que un país se invente miles de excusas para no pagar a los inversores. Y, así, empiezan los bailes de opciones.

Diferentes opciones financieras ante la crisis

El llamado coronabono es una idea recuperada de la crisis de 2008: los eurobonos. Los eurobonos, o coronabonos ahora, no son bonos que lanza un país para financiarse, sino en conjunto para toda la Unión Europea.

Claro, es una opción maravillosa para países como España, Italia, Portugal o Grecia, puesto que reduciría los intereses por financiarse de manera exponencial. Pero, si se lanzan los eurobonos y algunos de esos países no paga…

¿Quién tiene que hacerse cargo de la deuda del sur de Europa? El norte. Es decir, el problema fundamental es la falta de confianza de países como Holanda en que otros, como España o Italia, paguen las deudas.

Parece que la opción alemana es un punto intermedio que puede satisfacer a todos: dejar dinero del fondo preparado para ello con intereses muy bajos. Económicamente no es una mala elección, en absoluto: es una inyección de dinero muy potente para los países que lo necesitan y su devolución no supone un trauma.

Los países del norte de Europa, por su parte, se quedan tranquilos porque no supone un riesgo para sus cuentas. Pero este rescate tiene un alto precio: el político. La Unión Europea te deja grandes cantidades de dinero casi gratis, pero el precio a pagar es el control de tu economía. En la época de la crisis se conocía como “los hombres de negro” a la delegación enviada a cada país para revisar las cuentas.

Sea cual sea la solución final, la Unión Europea está en un momento crítico. Sus dos grandes fantasmas son el aumento del nacionalismo y la pérdida de calidad democrática.

Los retos a los que se enfrenta la Unión Europea

El primero y muy claro es el aumento del nacionalismo. Es ya un hecho. Su nacimiento como movimiento político relevante surgió con la crisis de 2008, que se tradujo en un grave golpe para la Unión en el imaginario popular de los europeos.

España, Francia, Italia, Alemania, Holanda, Polonia, Hungría, Austria… muy pocos Estados son los que se libran de tener partidos políticos de extrema derecha con un importante número de votos.

Estos partidos abogan por una recuperación de la soberanía nacional y por la limitación, cuando no eliminación, de competencias de la Unión. Todo parece indicar que estos movimientos van a aumentar en número de votos y apoyos en los próximos años.

Viktor Orban, primer ministro de Hungría

El otro gran problema europeo, en gran parte relacionado con el nacionalismo, es la pérdida de calidad democrática en los países del club. El mayor ejemplo es Hungría, donde Viktor Orban, a la manera de dictator de la República romana, se ha investido de poderes casi absolutos con el covid-19 como excusa.

Casos menos extremos, pero que recorren el mismo camino, podemos encontrar en Chequia o Polonia. La discusión sobre la expulsión del partido de Orban del partido conservador europeo es una constante.

El primer ministro de Grecia o el expresidente del Consejo Europeo, Donald Tusk, claman por su expulsión, pero abstenciones como las del PP español de Pablo Casado o la CDU alemana de Angela Merkel son un laissez-faire que implica un, en la práctica, apoyo.

Estos movimientos nacionalistas son consecuencia directa del escaso sentimiento de comunidad existente entre los países del club, de la preponderancia de las políticas del “yo primero” y la búsqueda del beneficio individual. Sé que es fácil decirlo viniendo de un país del sur de Europa, pero, en realidad, no es difícil ponerse en su situación.

El futuro de la Unión Europea

Aunque soy andaluz, vivo en Madrid. La comunidad de Madrid es una de las que da más dinero en España al fondo común, es decir, Madrid da más de lo que recibe en el conjunto de España, lo que me repercute directamente a mí.

¿Cómo puedo quejarme de que la comunidad de Madrid ayude a otras zonas de España a vivir mejor, a tener mejores infraestructuras, mejores servicios públicos, mejorar la calidad de vida de la gente?

Creo que si los políticos nacionales de todos los países de la Unión realizaran un esfuerzo en hacer entender a su población (y a sus colegas de partido) que están ayudando y que, además, la calidad de vida de los españoles repercutirá positivamente en la economía holandesa (como la mejoría de la economía andaluza repercute positivamente en la economía madrileña), la Unión Europea podría empezar a pensar de forma diferente.

PIB per cápita en España, 2018

Hace algunos años que España dejó de ser un receptor neto de fondos europeos. A veces da más, a veces recibe más. No seré yo el que se queje de que España ayude a otros países a vivir, como mínimo, como vivimos nosotros.

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