De la España de Cervantes al glamour de Las Vegas

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El juego del 21 o black jack es un gran peregrino. Después de siglos de existencia y muchos kilómetros recorridos, sorprende lo poco que ha cambiado este pasatiempo universal. Ni la Ruta de la Seda ni la Fiebre del Oro han viajado ni han resistido tanto como lo ha hecho esta sencilla premisa: lograr estar más cerca de sumar 21 que el rival.

Hace unos días hablábamos de los mapas que encontramos en los juegos de mesa; este artículo da la vuelta a la tortilla y trata de la trayectoria de un juego de cartas sobre el mapa del mundo. Europa, Norteamérica y las Antípodas se han rendido ante el mismo juego y no, no es el fútbol.

La historia migratoria del black jack es un reflejo de muchos de los grandes acontecimientos que han marcado la cultura moderna de Occidente: desde la Revolución Francesa hasta las colonias británicas. El recorrido histórico y geográfico de un sencillo juego pasa por los lugares más diversos y afecta tanto a personajes muy icónicos como a la gente común.

Pocas actividades se han conservado durante tantos años en tantos sitios diferentes. Las reglas básicas del black jack, incluso pese a las variantes que han introducido los casinos en internet, apenas han cambiado desde aquella práctica que usaban en el siglo XV y XVI para pasar el rato, y eso a pesar de las múltiples trabas que ha sufrido esta práctica para su desarrollo.

Europa

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Los orígenes del black jack, como suele pasar con esto de los orígenes, no están muy claros. Hay varios países que se disputan el honor de ser los creadores de este juego de cartas que, en un principio, se jugaba con pequeñas tablillas de madera.

En Italia, y por extensión España, en el siglo XV ya se jugaba al “Treinta y uno”, que tenía una dinámica prácticamente igual a la del 21. La primera mención a este juego que se conoce, no fue precisamente para alabar sus bondades; se produjo en un incendiario sermón del monje italiano Bernardino de Siena, allá por 1440, que acabó con la quema de dados, cartas y tableros de juego.

Sin embargo, quienes mejor dieron cuenta de una práctica que formaba parte de la vida común de sus contemporáneos, fueron los escritores. El francés François Rabelais mencionaba el Treinta y Uno a mediados del siglo XVI dentro de su historia “Gargantúa y Pantagruel”. Unos cuantos años más tarde, en 1613, se publica la “Novela de Rinconete y Cortadillo” de Don Miguel de Cervantes.

En la novela de Cervantes el juego ya había mutado en la “veintuna”, versión que se había hecho popular en Francia. El ilustre escritor de Alcalá de Henares, haciendo honor a la “picaresca española”, no sólo habla del juego sino que describe cómo hacer trampa.

Estados Unidos

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Después de haberse pasado un par de siglos sobreviviendo y mutando en el Viejo Continente, tras la Revolución Francesa se inicia la Edad Contemporánea y el 21, como muchas otras cosas, empieza a viajar.

Fue el 21 y no otros juegos similares, como el 7 y medio, el que “infectó” a medio mundo. Algo debe tener, ya que se dice que hasta Napoleón, que estaba en contra de los juegos de cartas porque distraían a los soldados, acabó matando las horas de su exilio en Elba jugando al 21.

La cuestión es que este juego desembarca en el Nuevo Mundo, llega a la tierra de las oportunidades y se convierte en una de ellas. La Fiebre del Oro en el Lejano Oeste fue el escenario perfecto para que el 21 se “profesionalizase” en partidas organizadas en los casinos primitivos, que eran los salones.

Antes de llegar al Oeste, se tiene constancia de que alrededor de 1823 se usaba el término 21 en Nueva Orleans, lo cual es bastante lógico puesto que ésa fue el área de mayor influencia francesa en Estados Unidos. De hecho, en el país norteamericano todavía se juega y se habla del 21, con ese nombre, pero curiosamente se elimina el referente francés y se le llama “Spanish 21”.

Eleanor Dumont (Madame Moustache)
Eleanor Dumont (Madame Moustache)

Una de las precursoras de la expansión del juego fue Eleanore Dumont, apodada Madame Moustache (en inglés, bigote) por razones obvias.

Dumont, cuyo pasado era una incógnita y no se sabía siquiera si era francesa o se lo hacía, estuvo trabajando como crupier en el histórico Bella Union Hotel, el primer hotel de la ciudad de Los Ángeles, pero acabó abriendo su propio local en Nevada City, al que llamó “Vingt-et-Un” (21 en francés). En su local se bebía champagne en lugar de whisky y los hombres tenían que comportarse como caballeros; la única mujer que podía entrar era ella. La historia de Dumont sigue pero sus andaduras con los salones de juego terminan cuando se acaba el oro en Nevada.

En esos años de prosperidad, los salones-casinos fueron creciendo y la competencia hizo que algunos aumentasen los incentivos para atraer más jugadores. Se empezó a pagar 10 veces más la apuesta si se conseguía sumar 21 con una J (en inglés, jack) de tréboles o picas (negra) y un as de picas, la carta más alta de la baraja. De ahí que se hablase del “black jack”; ese nombre es el que se ha mantenido en América incluso después de que se dejase de pagar esa apuesta especial.

El crecimiento del juego se hizo de manera clandestina en Estados Unidos, ya que estaba prohibido. En 1931 se legaliza en el estado de Nevada y llega el ‘boom’ de los casinos de Las Vegas que se ha mantenido hasta nuestros días y hace que sea una de las ciudades más visitadas del mundo.

Commonwealth

A nosotros el “pontoon” nos suena a chino mandarín pero en Australia y algunos países vecinos, este juego es todavía más popular de lo que lo es el black jack en Estados Unidos.

El juego del pontoon es la versión británica del 21 o black jack. Por supuesto, uno de los mayores colonizadores de la historia no podía ser ajeno a un juego que ha recorrido tantos países. La práctica es más o menos la misma, aunque algunos términos cambian y hay algunas normas diferentes.

Los soldados británicos jugaban a esta versión del 21 en sus ratos libres en las colonias y la población local –mucha de ella “importada” del Viejo Continente y de dudosa reputación- empezó a jugar también.

El pontoon no se limita a Australia sino a todos los países de habla inglesa en los que estuvo el ejército británico, es decir: los países de la Commonwealth, especialmente los de Oceanía.

Sea en las tabernas medievales, en la Corte de Luís XV, en los salones del Lejano Oeste, en los casinos de Las Vegas, en los campamentos de las colonias británicas o en una versión virtual, el black jack ha sobrevivido “a la chita callando” durante años. La necesidad de adrenalina y de evasión es universal.

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